Ven

 

 

Noches de vino y versos.

Se repite.

Has vuelto y no lo entiendo.

Lo sabes,

que odio no entender tu baile.

Lo sabes, joder, lo sabes.

Es viernes. De nuevo.

Los días y las semanas pasan

impasibles al tiempo.

No importa, me dices.

Y yo me repito que todo es posible,

que solo depende del ritmo del

baile que quizá algún día

empecemos.

Lo sabes. Lo intuyo. Y no quiero.

No busco la duda, ni tampoco mis

miedos.

No busco, solo bebo.

Días de bailes inciertos,

de besos robados en el sendero.

Noches de vino y versos.

Solo eso.

 

 

 

Por Hada Torrijos

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Crónica de una muerte inesperada. Parte II.

 

Crónica de una muerte inesperada, por R. Reynolds.

Federico Losantos tenía 46 años. Era un hombre sano, deportista y sin ninguna dolencia reconocida. Sus últimos días se desarrollaron con total normalidad. Por eso mismo, todo el mundo se vio sorprendido por su repentina muerte. Sin embargo, Federico sabía perfectamente cómo y porqué había terminado en ese ataúd.

El señor Losantos trabajaba como consejero delegado en la Caja Trevisa. Comenzó a trabajar en esta empresa nada más terminar sus estudios universitarios. Su instinto y buen ojo para los negocios hicieron que destacara entre sus compañeros y ascendiera rápidamente en el escalafón. Artífice de grandes inversiones, compras y fusiones mercantiles, era admirado por todos sus compañeros que, lejos de odiarle, solo tenían buenas palabras para él. Este respetado puesto dentro de la caja de ahorros le permitía gozar de una vida: una enorme casa en uno de los barrios más caros de Madrid, coches de alta gama, ropa de firma, etc., eran algunas de las comodidades de las que gozaba el señor Losantos. Sin olvidarnos de, quizás, el dato más importante de esta larga lista; Federico Losantos era titular de una cuenta millonaria en las Islas Caimán. Para los que no lo sepan, las Caimán son un país cercano a Cuba conocido por ser un paraíso fiscal que, entre otras muchas ventajas, permite la exención total o parcial en pago de impuestos a empresas y ciudadanos no residentes allí. Además, posee estrictas leyes sobre el sector bancario y la protección de datos personales. En definitiva, tras el tupido velo de la perfección, se escondía una pila de asuntos turbios y dinero negro que escandalizarían a cualquiera.

Federico era un hombre muy inteligente. Nadie conocía la existencia de esta cuenta secreta, ni siquiera su amada esposa. El problema llegó cuando un día Marisa, su joven amante, descubrió todo el pastel. Pese al amor que sentía por Federico y lo asustada que estaba, creyó que era su deber destapar la trama de desviación de capitales organizada desde la Caja Trevisa. Esa ética le costó la vida. Acorde al atestado policial, Marisa murió asfixiada con sus propias medias. Dicho informe calificó el suceso como un robo que salió mal. Toda una lástima. Sobre todo para Federico, que no encontró la memoria USB en la que guardaba los documentos que probaban su implicación, y la de otros muchos directivos, en una trama de malversación millonaria. Si la policía encontraba esos papeles, él y sus amigos se pasarían un buen tiempo a la sombra. ¿Dónde podría estar esa maldita memoria USB?

La sorpresa fue terrible cuando se dio cuenta de que Marisa se había tragado el dichoso dispositivo de almacenamiento. Llegado a ese extremo, no tuvo más opción que contarle a los demás directivos implicados la gravedad del asunto. Ante esta revelación, hicieron uso de su poder para conseguir retrasar la autopsia de la joven mientras tramaban un plan totalmente perfecto. Una estrategia en la que no cupieran giros inesperados de última hora. Fue así como Federico Losantos apareció muerto. Al menos eso debía aparentar de cara a la policía y el forense que le examinó. Sin embargo, y aún a riesgo de que les parezca digno de una película de Hollywood, les diré que la realidad era bien diferente. Sí, Federico Losantos murió. Pero solo durante unas horas, las suficientes para ser transportado al anatómico forense donde también descansaba el cadáver de Marisa. Una vez allí dejo que se imaginen lo que ocurrió.

Podrían decir que el plan era perfecto. O, mejor dicho, casi perfecto. Ya que lo que no se imaginaban es que un simple periodista, con la ayuda de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, sería capaz de destapar toda esta sucia trama de corrupción económica y mandar a sus artífices a la cárcel. No hay de qué, señores.

Día 1. Entrevista con el (no) muerto.

−¿Entonces es usted el causante de que me esté pudriendo en esta infecta prisión dejada de la mano de Dios?

−No se confunda, señor Losantos. El único responsable de que esté aquí, es usted mismo. No se pensaría que iba a robar miles y miles de euros, matar a una mujer inocente e irse de rositas, ¿no?

−¡Maldito bastardo! No sabe con quién se las está viendo. Se arrepentirá, se lo aseguro.

−Eso ya lo veremos cuando llegue el momento. Por ahora, yo me voy a la preciosa casa que me compré gracias al dinero que saqué contando su historia. Muchas gracias, Federico.

Por Rodrigo Reynolds.

Crónica de una muerte inesperada. Parte I.

Federico Losantos tenía 46 años. Era un hombre sano, deportista y sin ninguna dolencia reconocida. Sus últimos días se desarrollaron con total normalidad. Por eso mismo, todo el mundo se vio sorprendido por su repentina muerte…

 … Este es el principio del reportaje del que todo el país estuvo hablando durante meses, del que todos los medios de comunicación se hicieron eco. “¿Por qué?”, se preguntarán. Cosas así ocurren todos los días. Sin embargo, esta triste noticia escondía mucho más. Una historia compleja y truculenta donde las haya. ¿Quieren saberlo todo sobre ella? ¿Sí? Entonces no pierdan detalle de lo que voy a narrarles a continuación. Este es el resultado de una ardua investigación que duró semanas, meses. Podría decir, sin lugar a dudas, que fue lo más difícil a lo que me he enfrentado durante toda mi carrera. Como adelanto, solo les diré que Federico sabía perfectamente cómo y porqué había terminado en ese ataúd.

Día 1. Entrevista con la viuda.

−¿Cómo se enteró de la muerte de su marido?

−Por su secretaria. Fue ella quien encontró el cadáver y llamó a la ambulancia. Luego me llamó a mí para que fuera corriendo.

−Según el informe del forense, la causa de la muerte fue un paro cardíaco. No es usual que un hombre de la edad de su esposo, y más siendo deportista como lo era él, sufra un infarto…

Es sorprendente la compostura que muestra la viuda tras haber perdido a su marido hace pocas semanas. Casi se podría decir que le da igual que su marido ya no esté. Quizás sea típico no mostrar pena o abatimiento en estos círculos tan elitistas, o puede que realmente no le importe lo más mínimo el fallecimiento de su cónyuge. Si yo descubrí indagando solo un poco que el hombre en cuestión tenía una amante, ¿por qué ella no podría saberlo también?

Día 2. Entrevista con la secretaria.

−Según la esposa del señor Federico Losantos fue usted quien la llamó para comunicarle la muerte de su esposo. ¿Esto es así?

−Sí. Justo después de llamar al 112, la llamé para decirle que había encontrado al señor Federico en el suelo de su despacho.

−¿La notó afectada por teléfono?

−La noticia la pilló por sorpresa, como a todos. Pero, sinceramente, tampoco podría decirle que la noté triste o angustiada. Simplemente sorprendida.

La ayudante del fallecido sí que se muestra compungida por la terrible noticia. Según me ha contado, llevaba más de veinte años trabajando en la Caja Trevisa. Casi quince de esos años como secretaria del señor Losantos. Me describe a un hombre amable, cordial y extremadamente generoso. “El jefe que cualquiera podría desear”, según sus propias palabras. Tal y como era de esperar, dice no saber nada sobre ninguna amante o demás asuntos personales del fallecido. Sinceramente, no hay quien se la crea. Después de veinte años en esa empresa tiene que conocer todos los tejemanejes de todos y cada uno de los empleados.

Día 5. Entrevista con la (supuesta) amante.

Tras un par de días de averiguaciones, he conseguido hacerme con la dirección de la supuesta amante del fallecido. Una vez allí, he descubierto algo más impactante de lo que podría haberme contado ella. Después de unos minutos llamando a la puerta, el vecino de al lado ha salido al rellano y me ha dicho que la mujer que vivía en ese piso fue encontrada muerta hace tres semanas. Dos días antes de Federico Losantos. He hecho un par de llamadas y, según la versión policial, se trata de un robo que salió mal. En resumen, dos personas que, supuestamente, eran pareja mueren con dos días de diferencia. ¿Casualidad? No lo creo.

Continuará…

Por Rodrigo Reynolds.

Por favor.

Las palabras más dulces suelen ser las que guardan un mayor significado. Y no siempre termina siendo un significado positivo. Yo, al igual que todos, me he equivocado una y mil veces. Deposité mi confianza en gente que acabó demostrando no ser digno de ella. Pero eso no me volvió inseguro o débil; todo lo contrario, hizo que me volviera fuerte. Y, lo más importante, me enseñó a distinguir quiénes merecían la pena de aquellos que me harían daño una vez más. Estoy convencido de que hay alguien que al leer esto sabrá que hablo de él. La respuesta es sí, aún me acuerdo de ti.

Y te recuerdo. Cada momento. Inundando mi vida. Separando mis piernas. Y atravesándome. Dejándome sin respiración. Tocándome. Matándome. Dándome la resurrección. Gimiendo. Explotando en mi cabeza. Partículas. Partículas de sal. De mar. De carne. Tu carne. La mía. Retorciéndose. Haciéndose una. Tan fuerte. Tan libre. Y encadenada. Encadenada al placer. Que escapaba de tus labios. Me recorre. Te humedeces. Y vuelves a matarme. Sin piedad. Compasivo. Mis manos apretándote. Rogando. Sigue. Para, por favor. Haciéndome tuyo. Tan tuyo. Tan mío. Tan aberrante. Jadeante. Extenuante. Para. Sigue. Por favor.

Pero las plegarias no estaban hechas para tus oídos. Ni mis palabras eran capaces de decirte que pararas. Que si me querías tanto como decías, dejaras de hacerme daño. De enfrentar tus ojos con los míos en batallas que desde el principio ambos sabíamos quién ganaría. Porque a mí me enseñaron a entregarme sin condiciones. Tanto fue así, que te di todo y tú lo arrastrarte por el suelo. Pisoteabas el orgullo del más débil para así reafirmarte como amo y señor de todos aquellos que pisabas. Sin embargo, a ti no te enseñaron que el que juega con fuego, se quema. Y lo nuestro era tan ardiente que, un buen día, todo acabó saltando por los aires.

El aire de nuestros gritos. Enfrentados. Ya sin reparos. Con tanto que decir. Que callar. Que escupir. Escupiré sobre tus palabras. Vacías. Podridas. Apestaban. Apestan. Tú mirabas. Yo contestaba. Asombrados. Hacía calor. Era invierno. El infierno. Voces. La tuya. La mía. Un chillido. La cama. Nuestro reflejo. Colérico. Tanto. Todo. Pero nada. Nada nuevo. No lo consigues. Te sorprendo. Vete. Ya. Sal. No vuelvas. Por favor.

Por Rodrigo Reynolds.

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Fotografía de Mónica Badí Rguez.

 

Entre tu voz y mis versos

 

Hoy te veo. Luz rauda entre mis dedos.

No pienses que te olvido,

pero tampoco creas que te quiero.

 

En esta piel que habito

eres músculo insaciable que

resbala por mi frente.

 

Hoy te veo. Agua rota en el abismo.

Nunca escribas lo que sientas

sin saber por qué lo haces.

 

Te dejo en calma.

Mañana te olvido.

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Por Hada Torrijos

De saber y sentir que te siento.

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Fotografía de Mónica Badí Rguez.

Se me derrite la mirada,

de volverte miel con cada gesto.

Tocándote y sintiendo,

que ni tu, ni yo,

ni el resto,

podrían apagar las llamas

del fuego,

que se vuelve dulce,

dulce momento.

De saber y sentir que te siento,

que me derrito con cada gesto,

y que siempre habrá miel.

Miel para el hambriento.

Por Rodrigo Reynolds.

Hacia lo poético

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Y ahora ya sé lo que buscaba: despojarme de esta piel que nunca ha sido mía. Y quedarme así, desnuda, luchando contra el frío de una vida que construí a la deriva.

Ya no hay faro, solo naufragio, sin tabla ni tablado.

 Retales de un pasado que tejí con la intención de que volvieras. Porque sentir, a veces (o siempre) duele más que verte.

Porque odio los viernes, aunque tú no lo sepas. Porque odio esos días que tienen tu nombre.

Hoy he vuelto a abrir la puerta, sin saberlo, a la decepción. Hoy he decidido que voy a volver a vivir, pero esta vez sin pieles construidas.

Vuelvo a ser ese animal herido que se lame las heridas. Vuelvo a odiarme como en aquellos días.

Hoy, más que nunca, mi cama está vacía, pero llena de poesía.

Texto y fotografía por Hada Torrijos

Verás que hay más

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Barrio Salamanca, Madrid

Y allí donde se escribe el abismo y la luz es tenue. No sé si he estado en ese lugar, no lo recuerdo bien, pero la sensación de vacío me sumerge en lo oscuro, en lo profundo.

No le recomiendo a nadie bajar ahí, o subir, depende de quién lo transite. Pero quisiera advertir, sin ser yo nadie, que donde se escribe el abismo se borra, desde luego, el recuerdo de un dolor ya extinguido.

Sin embargo, allá por donde deambula el olvido está siempre presente la nostalgia de lo no cumplido, de lo no vivido.

Al final, da igual si el abismo se escribe o si realmente existe: solo el recuerdo habita en la piel del que lo siente.

 

Texto y fotografía por Hada Torrijos

Tierna y exacta

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Nunca he podido hablar en público. No es que no tenga dotes para ello, sino que no soy capaz, así de sencillo. Hasta hace unos años no me planteaba el motivo de esto, pero suponía que, como todo en la vida, esa imposibilidad tendría alguna procedencia, quién sabe si freudiana. Fui a un recital de poesía en un bar cualquiera de Madrid y entonces varios recuerdos de mi infancia volvieron a mí a una velocidad bulliciosa.

Aquellos versos, exactos, tan bien hilados que intentaban brotar torpes ante la atenta mirada de ojos inquisitorios. Estábamos pasando por un ritual que se repetía cada año.  Era mi primera vez. Una de tantas que vendrían luego, como suele suceder. Vi desfilar a otros tantos y tantas igual de inseguros que mi voz. Pero entonces te ves sola. Un yo que te queda grande sobre esas tablas. Tan solo era uno, un único verso el que tenía que pronunciar, exacto y bien hilado. Me puse de puntillas para que el color dulce (en aquel entonces) de mi voz resonara por todos los recovecos de ese oscuro lugar. Y entonces… entonces nada. Tan solo vi los ojos expectantes de quien siempre esperaba verme triunfar.

Solo una burda carcajada. Ni verso, ni prosa, ni nada. Solo risa, estruendosa y nerviosa.

Ese día, lo sé ahora y la certeza tampoco me caracteriza, fue la primera vez de muchas cosas. Aquel minuto largo y tedioso fue el origen de la decepción de una madre que esperaba ver cómo su hijita recitaba un verso de Federico García Lorca. Ese día mancillé el honor de un poeta al que dieron muerte, seguramente, entre estruendos, risas y supuestas certezas.

 

Fotografía y texto por Hada Torrijos

 

Y llegar a ser tuyas o mías.

 

Hoy, por fin, siento la libertad.

La libertad de hacerte mía

en mi decadencia. Es la nuestra,

la decadencia de un mundo que agoniza,

que atiende condescendiente a un final.

Un final escrito por la vanidad,

que siente repugnancia por las pasiones.

Pasiones breves que aguardan la esperanza

de llegar. De llegar a ser tuyas o mías.

Bondadosas y descabelladas.

Como el deseo que alguien conservaba,

mientras la experiencia, cruel sino de todos,

se hacía fuerte y oscura en un rincón.

Gracias a ti comprendí esta gran verdad.

Sin ti, nada habría comprendido.

Porque no hay nada más triste,

que perderse de miedo en el camino.

Por Rodrigo Reynolds.