Tu poder, tu poder en mis caderas.

Te colocas detrás, y siento tus latidos en mi oído. Te extiendes, como la pólvora. Y explotan las palabras y me nubla el candor. Rompes las cadenas que nos oprimen y el camino arde. Caen mis barreras, tus sigilos y vuelta a casa. No lo puedo olvidar. Tu poder en mis caderas, y tu dulce dulzura que las hace temblar. Busco la manera, la manera de gritar, de escupir al aire que no lo puedo olvidar. De gritarte que el futuro es tuyo, o mío, o vete tú a saber si ese futuro llegará. Concentrémonos, quedémonos con tu risa. Mientras gritas, grito, ruedas, duermo y vuelta a empezar. Y lo noto, noto como te extiendes. Así, como la pólvora, sin más.

Por Rodrigo Reynolds.

 

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Malditas mis ganas de jugar.

 

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Fotografía por Mercedes Mateos

Aquella noche volví a enredarme entre tus piernas. Volví a fundir mis recuerdos en gemidos ahogados contra tu pecho. Volví a esnifar el olor a tequila que emana de tu boca. Bendita perdición la mía, que me vuelve esclavo una y otra vez de ese sabor tan picante que me ata irremediablemente por una noche más. Y, otra vez, la noche que termina con luces blancas que rompen todas las cadenas. Queman los atisbos de deseo y me expulsan del jodido paraíso artificial que me he montado otra vez más. Los silencios me golpean, convirtiéndome en simple marioneta rota de un juego que yo mismo inventé. Malditas mis ganas de jugar a hacerme tuyo mientras tú nunca fuiste mío. Y malditos estos pasos que me alejan, pero que saben perfectamente que volveré arrastrándome. Sediento de tu desprecio, y de tu olor a tequila.

Por Rodrigo Reynolds.