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−Pero entonces, a ver, vamos a centrarnos. Tú eres amigo de la infancia del muerto, ¿no?

−Sí.

−Vale, hasta ahí vamos bien. La cosa es, ¿por qué el muerto está muerto? Y, lo más importante, ¿por qué intentan matarnos los que mataron al muerto?

−No lo sé.

−¿Cómo puedes no saber por qué unos tíos que han matado a tu amigo también te quieren matar a ti? ¿Me lo quieres explicar?

            Damián Buenaventura era un periodista de poca monta bastante huraño que se ganaba la vida escribiendo articulillos en periódicos locales, esquelas en algunos diarios y algunas cosas más que le daban para poder comer. Toda su vida había sido un completo desastre, lo que resulta paradójico apellidándose buenaventura. Pero un día, por suerte o por desgracia, todo cambió en la vida de Damián. El destino quiso que aquella mañana, mientras paseaba sin rumbo fijo leyendo el periódico, se topara con la noticia de un asesinato perpetrado a escasos metros de donde estaba. Empujado por el poco instinto de periodista que le quedaba, llegó hasta el barrio donde se había producido el crimen y, tras preguntar a algunos vecinos, consiguió dar con la dirección exacta donde había aparecido el cadáver del que hablaba aquella noticia.

Hasta ahí todo normal. Lo extraño viene cuando, al llegar al piso del muerto, ve que la puerta está abierta y la cinta policial rota. Damián se arma de valor y entra sigilosamente. Dentro se encuentra con un hombre revolviendo en los cajones y estanterías del muerto, que al verle se sobresalta y le ruega que no le haga daño. Tras el sobresalto inicial, nuestros dos hombres comienzan a charlar de manera distendida hasta que oyen un par de voces que se acercan. Como era de esperar, nuestros dos protagonistas intentan huir por la ventana. Desgraciadamente, antes de que Damián consiga sacar su preciado culo fuera de aquel piso, es visto por dos hombres tamaño armario empotrado que deciden ir tras ellos. Y así, después de un encuentro casual y una carrerita bastante larga, llegamos a donde estamos ahora. Una fábrica abandonada en la que Damián y su nuevo amigo intentan esconderse de los dos matones y sus respectivos amigos que han venido, obviamente, a darles caza.

Ha anochecido, la lluvia comienza a arreciar cada vez más fuerte y nuestros dos protagonistas siguen encerrados en la vieja fábrica. Fuera, un grupo de cuatro hombres, con pintas de matones de la mafia comienzan a ponerse nerviosos ya que no consiguen dar con Damián y su huidizo amigo. ¿En serio? Un móvil está sonando. La marcha imperial de La Guerra de las Galaxias es la inconfundible melodía del móvil de Damián Buenaventura, que de bienaventurado tiene poco hay que reconocer. Como era de esperar, los cuatro matones echan a correr en busca de aquel mítico politono. Ellos no se molestan en entrar por la ventana como nuestros dos protagonistas, tiran abajo la mugrienta puerta de una patada y entran en el edificio como si de la manada de animales de la película Jumanji se tratara. Pistolas en mano comienzan a revisar las casi derruidas instalaciones de aquella fábrica. Afortunadamente, se pueden apreciar un par de cabezas asomándose por la parte de atrás. Son Damián y su, hasta ahora desconocido, nuevo amigo. Como no se den prisa van a acabar más muertos que el muerto del principio…

¡BANG!

−¿Te han disparado?

−No… sangro porque me apetece. ¡Pues claro que me han disparado, no te jode! Déjame tu cinturón, anda.

−¿Para qué?

−¡Que me lo des y cállate!

−¿Qué estás haciendo?

−Bailar una sardana. ¿A ti qué te parece? ¡Pues un torniquete! Aunque si no muero desangrado, igual muero de tener que oír todas las gilipolleces que preguntas.

−Creo que vienen…

−¡Al contenedor! Ayúdame a subir.

−¡Qué mal huele…!

Por Rodrigo Reynolds.

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