Segundos, minutos, horas. Taxis, autobuses, vagones de metro. Una habitación de hotel diferente. La misma sensación. Una presión insoportable en la cabeza. Atormentada. Llena de preguntas sin respuesta. Recuerdos. Sangre. Mucha sangre. Y ese gesto, impertérrito, volvía a estar ahí.

−Te estaba esperando. ¿Te has deshecho de la ropa?

−Sí.

−Bien hecho. ¿Estás más tranquilo?

−Que te jodan.

Gritó hasta desgañitarse. Apretaba los puños. Jadeaba mientras miraba al suelo. Levantó la mirada. Agarró el espejo clavado sobre la cómoda y lo arrojó contra la pared. Los cristales volaron por toda la habitación. Volvió a gritar. Más fuerte que antes. Volcó el colchón. Rompió las barras de madera del somier. Gritaba. Arrampló con todo el mobiliario del cuarto. Estaba furioso. Sofocado. Sonó la puerta.

−¡Oiga! ¿Se encuentra bien?

Abrió la puerta, exhausto.

−¡Por Dios! Pero, ¿Qué ha pasado aquí? Dios mío…

No hablaba. Solo observaba.

−¿Qué ha pasado aquí? ¿Me oye? Oiga, ¿me está oyendo?

Se abalanzó sobre ella. La sujetó por el cuello estampándola contra la pared. Sus pies no rozaban el suelo. Comenzó a enrojecerse. Los ojos bien abiertos, inyectados en miedo. Su expresión se desdibujaba por momentos. Sin aire. Sin vida. Su cabeza venció hacia delante. La soltó y el cuerpo cayó desplomado sobre la moqueta. Observó a aquella mujer durante unos segundos. El sudor le corría por la frente. Estaba completamente rojo, acalorado. Se quitó la camiseta, la tiró al suelo y fue al baño. Abrió el grifo a la máxima presión y metió debajo de la cabeza.

−Veo que ya no necesitas ayuda.

−¡Déjame en paz! ¡Lárgate! ¡Fuera!

−¿Quieres que me vaya? ¿En serio te crees que eres alguien sin mí? Yo soy lo único que te queda en esta vida. No tienes nada, ni a nadie. Solo a mí. Llevo todos estos años cuidando de ti. Intentando que crezcas, que te conviertas en alguien fuerte. En un hombre. Pero no eres más que un niñato gritón. Un “mierdas”. Eso es lo que eres. ¿Cuánto crees que durarías sin mí? Nada. Acabarías muerto en una esquina a los dos días. Aunque quizás sea eso lo que mereces. Morirte solo. Abandonado. Como el perro que eres, que eras, y que siempre serás. Cabrón desagradecido. ¿Crees que puedes aprovecharte de mí todos estos años y luego dejarme en la estacada cuando te plazca? ¡Pues no! ¡Nunca te librarás de mí!
¿Has oído bien? ¡Nunca!

−Adiós.

Miró atentamente la imagen que aparecía en el espejo. Se parecía a él, pero hacía tiempo que aquella estampa le asqueaba. Le torturaba. Le ahogaba. Pasó una mano por el espejo intentando acariciar el rostro que durante tantos años le había acompañado. Acto seguido, rompió el espejo de un puñetazo y se rajó la yugular.

 

Por Rodrigo Reynolds.

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