Introdujo la tarjeta en la ranura. Luz roja. Volvió a intentarlo. Luz roja de nuevo. Maldita puerta. No entendía esa estúpida manía de los hoteles de sustituir las típicas cerraduras por esas máquinas que rara vez cumplían con su cometido a la primera. Repitió la misma acción por tercera vez. Luz verde, al fin. Accedió a la habitación y cerró la puerta tras de sí. Se detuvo frente a la cama. Ella seguía ahí. Tumbada. Inmóvil. Rodeada de sangre. Cerró los ojos, respiró hondo y entró en el cuarto de baño.

−Mírame. ¡Mírame, joder, mírame!

−¿Qué ocurre?

−¡La has matado! ¿Por qué?

−Querrás decir que la hemos matado.

−¡Yo no quería!

−Demasiado tarde para remordimientos. Recoge la ropa ensangrentada de la bañera, guárdala en una bolsa, cierra tu macuto y vete de aquí. Ahora.

Cogió la bolsa de basura que había en la papelera. Metió dentro la ropa. Estaba húmeda. Volvió al dormitorio. Sacó su maleta del armario, colocó dentro la bolsa de basura y cerró la cremallera. Se puso la chaqueta. Rompió la tarjeta de la habitación por la mitad y abandonó el cuarto. Dejó caer la maleta, reposó su peso contra la puerta e intentó recordar. Ante sus ojos apareció perfectamente clara la imagen del día que se conocieron. Tendría poco más de quince años. Apareció de repente en los servicios del instituto. Le susurró algo al oído. Algo completamente nuevo y extraño para él. Y ese mismo día lo probó nada más llegar a casa. Nunca había sentido atracción por la sangre. Sin embargo, aquel día le parecía tremendamente interesante. Podía oír sus palabras repitiéndose una y otra vez. Suave, muy suave, como un ligero susurro que avanzaba directo hacia su cerebro. Sangre. Cogió una cuchilla de uno de los cajones del lavabo y se hizo un corte en el antebrazo. Observó atento como la sangre empezaba a discurrir. Roja. Muy roja. Y espesa. Los segundos se detenían y discurrían lentos con las gotas de sangre que se deslizaban por el lavabo. Él tenía razón: la sangre era increíble. Algo digno de ver, de vivir, de experimentar. A la mañana siguiente, de vuelta en el instituto, se lo contó. Estaba muy orgulloso. Nunca nadie había estado orgulloso de nada que él hubiera hecho. Le gustaba esa sensación. La sensación de pertenecer a algo secreto que muy poca gente conocía. Una puerta se abrió al fondo del pasillo. Tenía que irse de allí. Rápido. Recogió el macuto del suelo y comenzó a andar.

CONTINUARÁ…

Por Rodrigo Reynolds.

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