Suave, muy suave. Parte II.

 

Segundos, minutos, horas. Taxis, autobuses, vagones de metro. Una habitación de hotel diferente. La misma sensación. Una presión insoportable en la cabeza. Atormentada. Llena de preguntas sin respuesta. Recuerdos. Sangre. Mucha sangre. Y ese gesto, impertérrito, volvía a estar ahí.

−Te estaba esperando. ¿Te has deshecho de la ropa?

−Sí.

−Bien hecho. ¿Estás más tranquilo?

−Que te jodan.

Gritó hasta desgañitarse. Apretaba los puños. Jadeaba mientras miraba al suelo. Levantó la mirada. Agarró el espejo clavado sobre la cómoda y lo arrojó contra la pared. Los cristales volaron por toda la habitación. Volvió a gritar. Más fuerte que antes. Volcó el colchón. Rompió las barras de madera del somier. Gritaba. Arrampló con todo el mobiliario del cuarto. Estaba furioso. Sofocado. Sonó la puerta.

−¡Oiga! ¿Se encuentra bien?

Abrió la puerta, exhausto.

−¡Por Dios! Pero, ¿Qué ha pasado aquí? Dios mío…

No hablaba. Solo observaba.

−¿Qué ha pasado aquí? ¿Me oye? Oiga, ¿me está oyendo?

Se abalanzó sobre ella. La sujetó por el cuello estampándola contra la pared. Sus pies no rozaban el suelo. Comenzó a enrojecerse. Los ojos bien abiertos, inyectados en miedo. Su expresión se desdibujaba por momentos. Sin aire. Sin vida. Su cabeza venció hacia delante. La soltó y el cuerpo cayó desplomado sobre la moqueta. Observó a aquella mujer durante unos segundos. El sudor le corría por la frente. Estaba completamente rojo, acalorado. Se quitó la camiseta, la tiró al suelo y fue al baño. Abrió el grifo a la máxima presión y metió debajo de la cabeza.

−Veo que ya no necesitas ayuda.

−¡Déjame en paz! ¡Lárgate! ¡Fuera!

−¿Quieres que me vaya? ¿En serio te crees que eres alguien sin mí? Yo soy lo único que te queda en esta vida. No tienes nada, ni a nadie. Solo a mí. Llevo todos estos años cuidando de ti. Intentando que crezcas, que te conviertas en alguien fuerte. En un hombre. Pero no eres más que un niñato gritón. Un “mierdas”. Eso es lo que eres. ¿Cuánto crees que durarías sin mí? Nada. Acabarías muerto en una esquina a los dos días. Aunque quizás sea eso lo que mereces. Morirte solo. Abandonado. Como el perro que eres, que eras, y que siempre serás. Cabrón desagradecido. ¿Crees que puedes aprovecharte de mí todos estos años y luego dejarme en la estacada cuando te plazca? ¡Pues no! ¡Nunca te librarás de mí!
¿Has oído bien? ¡Nunca!

−Adiós.

Miró atentamente la imagen que aparecía en el espejo. Se parecía a él, pero hacía tiempo que aquella estampa le asqueaba. Le torturaba. Le ahogaba. Pasó una mano por el espejo intentando acariciar el rostro que durante tantos años le había acompañado. Acto seguido, rompió el espejo de un puñetazo y se rajó la yugular.

 

Por Rodrigo Reynolds.

Anuncios

Suave, muy suave. Parte I.

 

Introdujo la tarjeta en la ranura. Luz roja. Volvió a intentarlo. Luz roja de nuevo. Maldita puerta. No entendía esa estúpida manía de los hoteles de sustituir las típicas cerraduras por esas máquinas que rara vez cumplían con su cometido a la primera. Repitió la misma acción por tercera vez. Luz verde, al fin. Accedió a la habitación y cerró la puerta tras de sí. Se detuvo frente a la cama. Ella seguía ahí. Tumbada. Inmóvil. Rodeada de sangre. Cerró los ojos, respiró hondo y entró en el cuarto de baño.

−Mírame. ¡Mírame, joder, mírame!

−¿Qué ocurre?

−¡La has matado! ¿Por qué?

−Querrás decir que la hemos matado.

−¡Yo no quería!

−Demasiado tarde para remordimientos. Recoge la ropa ensangrentada de la bañera, guárdala en una bolsa, cierra tu macuto y vete de aquí. Ahora.

Cogió la bolsa de basura que había en la papelera. Metió dentro la ropa. Estaba húmeda. Volvió al dormitorio. Sacó su maleta del armario, colocó dentro la bolsa de basura y cerró la cremallera. Se puso la chaqueta. Rompió la tarjeta de la habitación por la mitad y abandonó el cuarto. Dejó caer la maleta, reposó su peso contra la puerta e intentó recordar. Ante sus ojos apareció perfectamente clara la imagen del día que se conocieron. Tendría poco más de quince años. Apareció de repente en los servicios del instituto. Le susurró algo al oído. Algo completamente nuevo y extraño para él. Y ese mismo día lo probó nada más llegar a casa. Nunca había sentido atracción por la sangre. Sin embargo, aquel día le parecía tremendamente interesante. Podía oír sus palabras repitiéndose una y otra vez. Suave, muy suave, como un ligero susurro que avanzaba directo hacia su cerebro. Sangre. Cogió una cuchilla de uno de los cajones del lavabo y se hizo un corte en el antebrazo. Observó atento como la sangre empezaba a discurrir. Roja. Muy roja. Y espesa. Los segundos se detenían y discurrían lentos con las gotas de sangre que se deslizaban por el lavabo. Él tenía razón: la sangre era increíble. Algo digno de ver, de vivir, de experimentar. A la mañana siguiente, de vuelta en el instituto, se lo contó. Estaba muy orgulloso. Nunca nadie había estado orgulloso de nada que él hubiera hecho. Le gustaba esa sensación. La sensación de pertenecer a algo secreto que muy poca gente conocía. Una puerta se abrió al fondo del pasillo. Tenía que irse de allí. Rápido. Recogió el macuto del suelo y comenzó a andar.

CONTINUARÁ…

Por Rodrigo Reynolds.

Melancolía de tus noches, y mis versos.

 

Hoy, en presente, te prometo.

Te prometo que buscaré la manera

de compaginar tus noches y mis versos.

De convertirlos en pestañas para

que así puedas convertirlas en deseos.

Deseos que se acaban, y que nunca terminan

porque ya se han vuelto eternos.

Eternos como tu piel, que se convierte en mía.

Tornando mi noche en melancolía.

Melancolía del presente, de la noche,

de las pestañas y los versos.

Melancolía de no ser nadie.

Melancolía de ser eternos.

Por Rodrigo Reynolds.

12604883_10207245873637704_808836919103793294_o
Fotografía de Mercedes Mateos.