Crónica de una muerte inesperada, por R. Reynolds.

Federico Losantos tenía 46 años. Era un hombre sano, deportista y sin ninguna dolencia reconocida. Sus últimos días se desarrollaron con total normalidad. Por eso mismo, todo el mundo se vio sorprendido por su repentina muerte. Sin embargo, Federico sabía perfectamente cómo y porqué había terminado en ese ataúd.

El señor Losantos trabajaba como consejero delegado en la Caja Trevisa. Comenzó a trabajar en esta empresa nada más terminar sus estudios universitarios. Su instinto y buen ojo para los negocios hicieron que destacara entre sus compañeros y ascendiera rápidamente en el escalafón. Artífice de grandes inversiones, compras y fusiones mercantiles, era admirado por todos sus compañeros que, lejos de odiarle, solo tenían buenas palabras para él. Este respetado puesto dentro de la caja de ahorros le permitía gozar de una vida: una enorme casa en uno de los barrios más caros de Madrid, coches de alta gama, ropa de firma, etc., eran algunas de las comodidades de las que gozaba el señor Losantos. Sin olvidarnos de, quizás, el dato más importante de esta larga lista; Federico Losantos era titular de una cuenta millonaria en las Islas Caimán. Para los que no lo sepan, las Caimán son un país cercano a Cuba conocido por ser un paraíso fiscal que, entre otras muchas ventajas, permite la exención total o parcial en pago de impuestos a empresas y ciudadanos no residentes allí. Además, posee estrictas leyes sobre el sector bancario y la protección de datos personales. En definitiva, tras el tupido velo de la perfección, se escondía una pila de asuntos turbios y dinero negro que escandalizarían a cualquiera.

Federico era un hombre muy inteligente. Nadie conocía la existencia de esta cuenta secreta, ni siquiera su amada esposa. El problema llegó cuando un día Marisa, su joven amante, descubrió todo el pastel. Pese al amor que sentía por Federico y lo asustada que estaba, creyó que era su deber destapar la trama de desviación de capitales organizada desde la Caja Trevisa. Esa ética le costó la vida. Acorde al atestado policial, Marisa murió asfixiada con sus propias medias. Dicho informe calificó el suceso como un robo que salió mal. Toda una lástima. Sobre todo para Federico, que no encontró la memoria USB en la que guardaba los documentos que probaban su implicación, y la de otros muchos directivos, en una trama de malversación millonaria. Si la policía encontraba esos papeles, él y sus amigos se pasarían un buen tiempo a la sombra. ¿Dónde podría estar esa maldita memoria USB?

La sorpresa fue terrible cuando se dio cuenta de que Marisa se había tragado el dichoso dispositivo de almacenamiento. Llegado a ese extremo, no tuvo más opción que contarle a los demás directivos implicados la gravedad del asunto. Ante esta revelación, hicieron uso de su poder para conseguir retrasar la autopsia de la joven mientras tramaban un plan totalmente perfecto. Una estrategia en la que no cupieran giros inesperados de última hora. Fue así como Federico Losantos apareció muerto. Al menos eso debía aparentar de cara a la policía y el forense que le examinó. Sin embargo, y aún a riesgo de que les parezca digno de una película de Hollywood, les diré que la realidad era bien diferente. Sí, Federico Losantos murió. Pero solo durante unas horas, las suficientes para ser transportado al anatómico forense donde también descansaba el cadáver de Marisa. Una vez allí dejo que se imaginen lo que ocurrió.

Podrían decir que el plan era perfecto. O, mejor dicho, casi perfecto. Ya que lo que no se imaginaban es que un simple periodista, con la ayuda de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, sería capaz de destapar toda esta sucia trama de corrupción económica y mandar a sus artífices a la cárcel. No hay de qué, señores.

Día 1. Entrevista con el (no) muerto.

−¿Entonces es usted el causante de que me esté pudriendo en esta infecta prisión dejada de la mano de Dios?

−No se confunda, señor Losantos. El único responsable de que esté aquí, es usted mismo. No se pensaría que iba a robar miles y miles de euros, matar a una mujer inocente e irse de rositas, ¿no?

−¡Maldito bastardo! No sabe con quién se las está viendo. Se arrepentirá, se lo aseguro.

−Eso ya lo veremos cuando llegue el momento. Por ahora, yo me voy a la preciosa casa que me compré gracias al dinero que saqué contando su historia. Muchas gracias, Federico.

Por Rodrigo Reynolds.

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