Las palabras más dulces suelen ser las que guardan un mayor significado. Y no siempre termina siendo un significado positivo. Yo, al igual que todos, me he equivocado una y mil veces. Deposité mi confianza en gente que acabó demostrando no ser digno de ella. Pero eso no me volvió inseguro o débil; todo lo contrario, hizo que me volviera fuerte. Y, lo más importante, me enseñó a distinguir quiénes merecían la pena de aquellos que me harían daño una vez más. Estoy convencido de que hay alguien que al leer esto sabrá que hablo de él. La respuesta es sí, aún me acuerdo de ti.

Y te recuerdo. Cada momento. Inundando mi vida. Separando mis piernas. Y atravesándome. Dejándome sin respiración. Tocándome. Matándome. Dándome la resurrección. Gimiendo. Explotando en mi cabeza. Partículas. Partículas de sal. De mar. De carne. Tu carne. La mía. Retorciéndose. Haciéndose una. Tan fuerte. Tan libre. Y encadenada. Encadenada al placer. Que escapaba de tus labios. Me recorre. Te humedeces. Y vuelves a matarme. Sin piedad. Compasivo. Mis manos apretándote. Rogando. Sigue. Para, por favor. Haciéndome tuyo. Tan tuyo. Tan mío. Tan aberrante. Jadeante. Extenuante. Para. Sigue. Por favor.

Pero las plegarias no estaban hechas para tus oídos. Ni mis palabras eran capaces de decirte que pararas. Que si me querías tanto como decías, dejaras de hacerme daño. De enfrentar tus ojos con los míos en batallas que desde el principio ambos sabíamos quién ganaría. Porque a mí me enseñaron a entregarme sin condiciones. Tanto fue así, que te di todo y tú lo arrastrarte por el suelo. Pisoteabas el orgullo del más débil para así reafirmarte como amo y señor de todos aquellos que pisabas. Sin embargo, a ti no te enseñaron que el que juega con fuego, se quema. Y lo nuestro era tan ardiente que, un buen día, todo acabó saltando por los aires.

El aire de nuestros gritos. Enfrentados. Ya sin reparos. Con tanto que decir. Que callar. Que escupir. Escupiré sobre tus palabras. Vacías. Podridas. Apestaban. Apestan. Tú mirabas. Yo contestaba. Asombrados. Hacía calor. Era invierno. El infierno. Voces. La tuya. La mía. Un chillido. La cama. Nuestro reflejo. Colérico. Tanto. Todo. Pero nada. Nada nuevo. No lo consigues. Te sorprendo. Vete. Ya. Sal. No vuelvas. Por favor.

Por Rodrigo Reynolds.

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Fotografía de Mónica Badí Rguez.

 

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