Hoy, por fin, siento la libertad.

La libertad de hacerte mía

en mi decadencia. Es la nuestra,

la decadencia de un mundo que agoniza,

que atiende condescendiente a un final.

Un final escrito por la vanidad,

que siente repugnancia por las pasiones.

Pasiones breves que aguardan la esperanza

de llegar. De llegar a ser tuyas o mías.

Bondadosas y descabelladas.

Como el deseo que alguien conservaba,

mientras la experiencia, cruel sino de todos,

se hacía fuerte y oscura en un rincón.

Gracias a ti comprendí esta gran verdad.

Sin ti, nada habría comprendido.

Porque no hay nada más triste,

que perderse de miedo en el camino.

Por Rodrigo Reynolds.

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