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Tú. Otra vez tú. Contemplando. ¿Contemplando el qué? Con la mirada perdida. La pesadumbre en los ojos. Siempre ha sido muy fácil saber qué te pasa con solo mirarte a los ojos. La cuestión es que ahora tú seas valiente y te asomes al precipicio. Que intentes explicar todo lo que pasa a tu alrededor. La opresión en el pecho, el insoportable vacío en el estómago. ¿Qué ha sido de aquel chico que quería comerse el mundo? ¿Tú le has visto? Porque yo no. Hace semanas que no escribes. Decías que te reconfortaba, que era tu manera de desahogarte. De estar en equilibrio con los demás. Ahora no es que hayas perdido el equilibro, es que te has hundido en el socavón que tú mismo te has fabricado. ¿Quieres ser como un avestruz y seguir escondiendo la cabeza en el suelo? Eres libre de hacerlo, de destrozarte cuanto quieras.

Eso sí, si vas a hacerlo no cuentes conmigo. Porque si lo haces, ya no serás el mismo que yo veo al otro lado del espejo.

Por Rodrigo Reynolds.

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