De saber y sentir que te siento.

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Fotografía de Mónica Badí Rguez.

Se me derrite la mirada,

de volverte miel con cada gesto.

Tocándote y sintiendo,

que ni tu, ni yo,

ni el resto,

podrían apagar las llamas

del fuego,

que se vuelve dulce,

dulce momento.

De saber y sentir que te siento,

que me derrito con cada gesto,

y que siempre habrá miel.

Miel para el hambriento.

Por Rodrigo Reynolds.

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Hacia lo poético

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Y ahora ya sé lo que buscaba: despojarme de esta piel que nunca ha sido mía. Y quedarme así, desnuda, luchando contra el frío de una vida que construí a la deriva.

Ya no hay faro, solo naufragio, sin tabla ni tablado.

 Retales de un pasado que tejí con la intención de que volvieras. Porque sentir, a veces (o siempre) duele más que verte.

Porque odio los viernes, aunque tú no lo sepas. Porque odio esos días que tienen tu nombre.

Hoy he vuelto a abrir la puerta, sin saberlo, a la decepción. Hoy he decidido que voy a volver a vivir, pero esta vez sin pieles construidas.

Vuelvo a ser ese animal herido que se lame las heridas. Vuelvo a odiarme como en aquellos días.

Hoy, más que nunca, mi cama está vacía, pero llena de poesía.

Texto y fotografía por Hada Torrijos

Verás que hay más

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Barrio Salamanca, Madrid

Y allí donde se escribe el abismo y la luz es tenue. No sé si he estado en ese lugar, no lo recuerdo bien, pero la sensación de vacío me sumerge en lo oscuro, en lo profundo.

No le recomiendo a nadie bajar ahí, o subir, depende de quién lo transite. Pero quisiera advertir, sin ser yo nadie, que donde se escribe el abismo se borra, desde luego, el recuerdo de un dolor ya extinguido.

Sin embargo, allá por donde deambula el olvido está siempre presente la nostalgia de lo no cumplido, de lo no vivido.

Al final, da igual si el abismo se escribe o si realmente existe: solo el recuerdo habita en la piel del que lo siente.

 

Texto y fotografía por Hada Torrijos

Tierna y exacta

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Nunca he podido hablar en público. No es que no tenga dotes para ello, sino que no soy capaz, así de sencillo. Hasta hace unos años no me planteaba el motivo de esto, pero suponía que, como todo en la vida, esa imposibilidad tendría alguna procedencia, quién sabe si freudiana. Fui a un recital de poesía en un bar cualquiera de Madrid y entonces varios recuerdos de mi infancia volvieron a mí a una velocidad bulliciosa.

Aquellos versos, exactos, tan bien hilados que intentaban brotar torpes ante la atenta mirada de ojos inquisitorios. Estábamos pasando por un ritual que se repetía cada año.  Era mi primera vez. Una de tantas que vendrían luego, como suele suceder. Vi desfilar a otros tantos y tantas igual de inseguros que mi voz. Pero entonces te ves sola. Un yo que te queda grande sobre esas tablas. Tan solo era uno, un único verso el que tenía que pronunciar, exacto y bien hilado. Me puse de puntillas para que el color dulce (en aquel entonces) de mi voz resonara por todos los recovecos de ese oscuro lugar. Y entonces… entonces nada. Tan solo vi los ojos expectantes de quien siempre esperaba verme triunfar.

Solo una burda carcajada. Ni verso, ni prosa, ni nada. Solo risa, estruendosa y nerviosa.

Ese día, lo sé ahora y la certeza tampoco me caracteriza, fue la primera vez de muchas cosas. Aquel minuto largo y tedioso fue el origen de la decepción de una madre que esperaba ver cómo su hijita recitaba un verso de Federico García Lorca. Ese día mancillé el honor de un poeta al que dieron muerte, seguramente, entre estruendos, risas y supuestas certezas.

 

Fotografía y texto por Hada Torrijos

 

Y llegar a ser tuyas o mías.

 

Hoy, por fin, siento la libertad.

La libertad de hacerte mía

en mi decadencia. Es la nuestra,

la decadencia de un mundo que agoniza,

que atiende condescendiente a un final.

Un final escrito por la vanidad,

que siente repugnancia por las pasiones.

Pasiones breves que aguardan la esperanza

de llegar. De llegar a ser tuyas o mías.

Bondadosas y descabelladas.

Como el deseo que alguien conservaba,

mientras la experiencia, cruel sino de todos,

se hacía fuerte y oscura en un rincón.

Gracias a ti comprendí esta gran verdad.

Sin ti, nada habría comprendido.

Porque no hay nada más triste,

que perderse de miedo en el camino.

Por Rodrigo Reynolds.

Porque pierdes el equilibrio.

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Tú. Otra vez tú. Contemplando. ¿Contemplando el qué? Con la mirada perdida. La pesadumbre en los ojos. Siempre ha sido muy fácil saber qué te pasa con solo mirarte a los ojos. La cuestión es que ahora tú seas valiente y te asomes al precipicio. Que intentes explicar todo lo que pasa a tu alrededor. La opresión en el pecho, el insoportable vacío en el estómago. ¿Qué ha sido de aquel chico que quería comerse el mundo? ¿Tú le has visto? Porque yo no. Hace semanas que no escribes. Decías que te reconfortaba, que era tu manera de desahogarte. De estar en equilibrio con los demás. Ahora no es que hayas perdido el equilibro, es que te has hundido en el socavón que tú mismo te has fabricado. ¿Quieres ser como un avestruz y seguir escondiendo la cabeza en el suelo? Eres libre de hacerlo, de destrozarte cuanto quieras.

Eso sí, si vas a hacerlo no cuentes conmigo. Porque si lo haces, ya no serás el mismo que yo veo al otro lado del espejo.

Por Rodrigo Reynolds.

Nadie sabe

 

Los nervios de saber que igual no todo va a salir bien.

 

La incertidumbre de pensar que quizá mañana no volverás.

 

El olor de la esencia que dejaste al irte, aquí, en mi vida.

 

Puede que cuando te vuelva a ver,

 

los versos broten mientras gritan tu nombre.

 

Puede que si nunca más te veo,

 

solo sean líneas borrosas de un pasado olvidado.

 

Nadie sabe que aquella historia

 

solo es parte de alguna otra.

 

 

Por Hada Torrijos

A veces, pienso

 

Y entonces me volvió a pasar. Esa sensación de inquietud, de angustia y de necesidad.

Pero sin control.

 

Volando entre miedos y fracasos, resbalando entre sueños y anhelos. A veces, lo pienso.

Y ya no tengo miedo.

 

Me miro al espejo y veo, siento, padezco y después, leo. Historias de otros, trayectorias de nadie. Vidas de locos.

Y me las creo.

 

A veces pienso y otras deseo.

Porque entre el desear y el suceder hay muchos otros verbos.

 

Por Hada Torrijos