La nieve caía, blanca y calmada. Adornando las calles en aquella fría noche de invierno. Y ella, desde su ventana, contemplaba el bello tintineo de los copos descendiendo. Admiraba como siendo tan pequeños eran capaces de cubrir las aceras de ese modo. Era algo exquisito. La nieve emanaba pureza, quietud, una increíble serenidad. Transmitía una sensación que le inundaba, que, al igual que la nieve, cuajaba en su interior. No había tenido una vida fácil. Una inmensidad de desgracias y vaivenes emocionales habían marcado sus comienzos. Sin embargo, ahora, hallaba en sí misma la serenidad que desprendía la nieve. Blanca y calmada. Como sus besos, como sus manos, como sus caricias. El silencio le recordaba a él. A sus pasos acercándose a ella. A esas miradas que se encontraban con las suyas. Un silencio inmaculado, solo quebrado por las teclas del piano que sonaba cuando lo vio por primera vez. Ella siempre repetía que nunca era suficiente. Pero con él, todo era demasiado. Y eso era lo que quería de él, todo.

A lo lejos, su coche yacía en la carretera. Y su piel, blanca y fría como la nieve.

 

Por Rodrigo Reynolds.

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