…Bastaron un buen par de hostias y que me apretaran un poco los huevos para que cantara. Les conté todo. Con pelos y señales. Vomité todo sobre la mesa de interrogatorios. Los policías, como era de esperar, se quedaron con la boca abierta…

No podían creerse que lo principal de aquellos robos, lo que se les escapaba, era las caras de los ladrones. Las caras que yo les había fabricado. Cómo los jefes habían llegado a la conclusión de que la mejor manera de colarse, era parecer uno de ellos. Y no bastaba con un buen traje, ni con una buena apariencia, no. Tenían que ser como ellos. Del todo. Sus ojos, su sonrisa… Ellos, al fin y al cabo. Mi labor era crear un clon tan perfecto que nadie sospechara nunca de él. Al que si pillaban, no pudieran relacionar con la banda. Con el dinero que habían ido sacando, me construyeron un quirófano en el sótano del bar. La última tecnología quirúrgica. Incluso cosas con las que yo nunca había trabajado en mi antigua clínica. Y un propósito: transformar las caras de los integrantes del clan en las que aparecían en las fotos que iban dándome. No fue nada fácil. Durante mi carrera había hecho alguna reconstrucción mamaria e injertos de piel sobre zonas quemadas, pero nada hasta ese extremo. Les dije un millón de veces que no estaba preparado, que no podría hacerlo. Pero, con una pistola apuntándote a la cabeza, tus ideales se van a la mierda. Lo haces o lo haces. No tienes más opciones. Me proporcionaron a una enfermera. Una chica jovencita, recién salida de la facultad y con ninguna experiencia en ese campo de la cirugía. Estaba muy asustada. Le temblaban las manos. Sudaba. Apenas era capaz de reconocer el instrumental médico del que le hablaba. Pese a todo, fuimos capaces de llevar a cabo el primer trabajo con éxito. Alguna cicatriz bastante abultada detrás de la oreja, o por el cuello. Nada que no pudiera taparse con el pelo o con una camisa bien abotonada. Los trabajos siguientes fueron mucho más perfectos. No sabría decir si fue la práctica o el ego médico lo que ayudó. Solo sé que los ladrones y las víctimas de los robos eran como dos gotas de agua.

−Entonces, ¿cómo sabemos quién es quién? ¿Cómo sabemos quiénes son los malos? ¡Joder!

−Es sencillo, solo busque la cicatriz tras la oreja.

Con esa frase me aseguré una plaza en el plan de protección de testigos. Con una condición: que también incluyeran a la enfermera. No duraría ni dos días en la calle. Sabía perfectamente de lo que esos animales eran capaces y no estaba dispuesto a que ella pagara el pato. Así, en menos de un año, pasé de ser un reputado cirujano a un don nadie que vivía en un apartamento cochambroso escondido por la policía. El juicio fue bastante sonado. La prensa contaba que una declaración anónima había hecho posible la condena de aquellos individuos, a los que tachaban de un peligro para la sociedad. Tampoco podía quejarme. A fin de cuentas, seguía vivo y era casi libre. Además, mi nueva ciudad no estaba del todo mal. Tardé poco en acostumbrarme. Me gustaba dormir hasta tarde, dar un paseo por el parque a media tarde y parar en el supermercado de vuelta a casa para comprarme la cena. Una vida sencilla. Esa noche había partido. Me di un paseo un pelín más corto y paré a comprar algo de comida basura y unas cervezas. No pensaba tener compañía, pero ya me había acostumbrado a hacer vida solo. Puse rumbo a mi casa ansioso por ver el partido final aunque mi equipo no jugase. Solo un par de farolas alumbraban la calle donde vivía. Cuando casi había llegado, lo sentí. Miré abajo. Allí estaban…

… Dos disparos. En el pecho. La sangre bombeando fuera de mi cuerpo. Y una mirada. Llena de odio. Una mirada que nunca podría olvidar. La de aquella jovencita que me ayudaba en aquel pestilente quirófano. Recuerdo como siempre le temblaban las manos. Sin embargo, ahora, empuñaba con firmeza aquella pistola. Y me miraba. Fijamente. No había ya temor o duda en sus ojos. Solo rabia.

Por Rodrigo Reynolds.

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