Dos disparos. En el pecho. La sangre bombeando fuera de mi cuerpo. Y una mirada. Llena de odio. Una mirada que nunca podría olvidar. 24 horas antes nunca habría imaginado que fuera a morir…

… Todo se remonta a un año atrás. Un matrimonio idílico, con una casa y una vida social a juego. Un cúmulo de reuniones, fiestas y sonrisas forzadas. Pero, cuando las puertas se cerraban, la realidad era mucho más cruda. Mi mujer hacía semanas que casi ni me hablaba. Cuando se dignaba a hacerlo lo acompañaba de desprecio y rencor. Y siempre para decirme que estaba cansada de mí, de mi trabajo y de que no le hiciera ni puñetero caso. En definitiva, la situación se volvió insostenible. Ella se enrolló con el profesor de Pilates. Típico, pero cierto. Yo fingí no enterarme de nada. Y nuestros abogados arreglaron todo el papeleo. Me quedé sin casa, sin coche, con la cuenta del banco tiritando y con una mala leche que aumentaba por momentos. Toda una vida estirando caras de viejas momias, haciendo liposucciones imposibles e injertando pelo en bolas de billar con patas, ¿para qué? Para que una guarra me pisoteé los huevos con sus tacones de Gucci que yo mismo pagué. Cuando te encuentras con ese panorama, hazme caso, solo una persona puede ayudarte: el que te vende el whisky.

Lo pasaron por alto la primera vez, la segunda, pero, la tercera vez que llegué borracho al trabajo, me echaron. Entonces me vi viviendo en un estudio de cuarenta metros, sin trabajo y sin dignidad. El poco dinero que me quedaba lo fui dilapidando en alcohol, y en alguna cosilla más fuerte ocasionalmente. Podríamos decir que toqué fondo. Y, allí abajo, te juntas con gente que no es del todo recomendable. Mucho menos si empiezas a deberles pasta y más pasta. Porque ellos empezarán a pedirte favores y más favores. Empecé curando heridas tontas, de ahí pasé a las puñaladas y, finalmente, extrayendo alguna bala que otra. Por las conversaciones que oía, por allí y por allá, me pareció entender que había otra nueva banda en la ciudad. Debían de tener un tugurio por las afueras donde manejaban sus pequeños negocios, cosa que a “el jefe” no le molaba nada. No tardaron mucho en desmontarles el chiringuito, llevarse lo que les interesaba y librarse de aquellos pobres desgraciados que se habían metido donde nadie les llamaba. Sin embargo, uno de los pocos que salió ileso, tardó poco en ir a la policía y contarles un par de detalles sobre todo lo que se había montado sin que ellos se dieran cuenta. Así, una tarde, mientras todos estaban tranquilos, la policía entró y requisó todo lo que quiso y un poco más. Dejaron el local patas arriba y se llevaron hasta el último centavo que encontraron. Por suerte, esa vez me libré. Según me contaron, las cosas empezaron a ponerse feas entre las cabezas pensantes de la banda. El asalto policial había vaciado el bar, ya nadie se atrevía a pisar por allí; la mercancía que les quedaba era de mala calidad y bastante escasa, y su efectivo tampoco era para tirar cohetes. Buscaron una solución rápida. Y, ¿cuál creéis que fue? ¿Qué haces cuando no tienes ni oficio, ni beneficio, y necesitas pasta rápidamente? Pues, claro, das un buen palo. O unos cuantos, depende de cuanta pasta estemos hablando.

Los primeros salieron bien. Los robos eran rápidos y sin complicaciones. Cantidades no demasiado exageradas y a gente de la que nadie se preocupaba. Pero, pasó como siempre, la avaricia rompe el saco. Algunos estaban conformes. Otros, en cambio, querían cada vez más y no estaban dispuestos a quedarse con aquellas migajas. Así que los palos subieron de categoría. Ya no robaban bares, estancos y casas de abuelos. Iban a por la élite. Donde se movía dinero a espuertas, pero donde también se corría un riesgo mayor. Viendo que sus antiguos planes no podían funcionar con este tipo de robos, tuvieron la gran idea. Y esa idea, fue mi fin. Bastaron un par de robos para que los estúpidos se confiaran y se relajaran. Pensaban que nadie podía pillarles, que eran los putos amos. Pero un día, algo salió mal y todo se nos vino encima. Esa vez no tuve tanta suerte y no me libré de la redada policial. Sin comerlo, ni beberlo, me encontré en una sala de interrogatorio con dos policías bastante chungos. Al principio me negué a hablar. No sabía mucho tampoco, pero estaba bastante acojonado de lo que “mis colegas” podían hacerme si me iba de la lengua. Bastaron un buen par de hostias y que me apretaran un poco los huevos para que cantara. Les conté todo. Con pelos y señales. Vomité todo sobre la mesa de interrogatorios. Los policías, como era de esperar, se quedaron con la boca abierta.

Continuará…

Por Rodrigo Reynolds.

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