Blanca y fría, como la nieve.

 

La nieve caía, blanca y calmada. Adornando las calles en aquella fría noche de invierno. Y ella, desde su ventana, contemplaba el bello tintineo de los copos descendiendo. Admiraba como siendo tan pequeños eran capaces de cubrir las aceras de ese modo. Era algo exquisito. La nieve emanaba pureza, quietud, una increíble serenidad. Transmitía una sensación que le inundaba, que, al igual que la nieve, cuajaba en su interior. No había tenido una vida fácil. Una inmensidad de desgracias y vaivenes emocionales habían marcado sus comienzos. Sin embargo, ahora, hallaba en sí misma la serenidad que desprendía la nieve. Blanca y calmada. Como sus besos, como sus manos, como sus caricias. El silencio le recordaba a él. A sus pasos acercándose a ella. A esas miradas que se encontraban con las suyas. Un silencio inmaculado, solo quebrado por las teclas del piano que sonaba cuando lo vio por primera vez. Ella siempre repetía que nunca era suficiente. Pero con él, todo era demasiado. Y eso era lo que quería de él, todo.

A lo lejos, su coche yacía en la carretera. Y su piel, blanca y fría como la nieve.

 

Por Rodrigo Reynolds.

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Luz de ausencia

Captura
Fotografía por Hada Torrijos

 

En la oscuridad

te vi danzar sin miedo.

Era verano.

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Tu mirada me

lanzó el fuego de tu voz.

Nadie te vio.

 

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El olor cambió.

La noche murió detrás

de mi espalda.

 

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Jamás se supo

si la esencia del amor

estaba en huelga.

 

 

Por Hada Torrijos

Factor sorpresa

 

A veces nos empeñamos en que algo salga bien. Un examen, una entrevista de trabajo, una cita, un proyecto o incluso que a quien guardabas la responsabilidad de que fuera “el amor de tu vida” se enamore de ti, así, en cuestión de segundos. Como te ha pasado a ti, crees que a la otra persona le puede suceder lo mismo. ¿Y entonces? Pues entonces intentas hacer todo lo posible para que eso suceda, porque si no pasa te morirás, o eso te dices cada día al levantarte. En tu mente no hay nada más y depositas, de nuevo, la responsabilidad en la otra persona. Quieres que te quiera, no cualquiera, sino esa persona. ¿Y si no? Te morirás, te repites.

A veces nos empeñamos en que algo salga tan jodidamente bien, que termina por salir mal. Es en ese momento cuando te das cuenta de que quizá las prisas te han jugado una mala pasada, que te has pasado de insistente o que eres tan sumamente cabezota que has terminado por espantar a la otra persona. En realidad, solo haces que echarte la culpa, por todo, sin dejar tampoco lugar para que la otra persona tenga algo de responsabilidad en el hecho de que tu asqueroso enamoramiento de ciencia ficción no haya salido bien. Todo eres tú, tú, tú y solamente tú. Y entonces piensas que debes encontrarte a ti mism@, otra vez, porque esto ya te ha pasado, porque reconoces el desasosiego y las ganas de que algo en lo que has puesto todo tu empeño y tu imaginación salga bien.

El amor, el enamoramiento o, simplemente, la ilusión no son ni un examen, ni una entrevista de trabajo. No por más empeño te ha de salir mejor. Ni siquiera, a veces, lo académico o profesional sale bien por más insistir o más estudiar.

El amor como la vida es impredecible, por suerte, nos decimos. A veces nos empeñamos tanto en que algo salga bien, que el factor sorpresa nos da tal hostia que dejamos o de empeñarnos o de ilusionarnos.

Por Hada Torrijos

Frío.

 

Hoy rugía el viento y el agua salpicaba mi ventana.

Esta tarde, la ruidosa lluvia chocaba sin temor contra mi persiana.

Entonces, lo recordé. Su cara. Sus manos. Todo él.

E, inevitablemente, oí su voz una vez más frente a mí.

Las lágrimas que morían en sus labios. Tensos y desolados.

Sus palabras, inseguras. Su decisión: marcharse.

Incapaz de articular palabra. Sumergido totalmente en su llanto.

Aquella sonrisa tan triste. Nadie podría esconder tanto dolor en una sonrisa.

Sabía que le quería, pero que no podía quedarme allí.

No conseguía entenderlo, ¿por qué dejar atrás algo tan bello?

Quería abrazarle. Que fuera mío para siempre. Jamás apartarme de su lado.

Solo esperaba un beso. Un beso que terminara con todo mi tormento.

Pero me fui. Escondiendo mis lágrimas en la manga.

Pero se fue. Me dejó solo en nuestra cama.

Y la lluvia mojó mi piel. Fría y abandonada.

Mientras el agua chocaba contra la ventana.

Por Rodrigo Reynolds.

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Fotografía de Mercedes Mateos.

Las distancias que no son distancias.

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Estoy cansado de oír que todas las adicciones son malas. No lo entiendo. Cada vez que esnifo tu cuerpo es una sensación indescriptible. ¿Qué puede haber de malo en eso? Quizás que los otros tantos cuerpos que he probado me hacían sentir igual. Quizás que sobre ellos derramé promesas que se rompieron cuando cerré la puerta. Lo peor, sin duda alguna, es que todas esas veces me prometí a mí mismo que tú serías el definitivo. Y, definitivamente, puedo decir que me engañé, que te engañé y que sigo siendo adicto a los engaños. Adicto a los besos perecederos, a los brazos que no abrazan, a las palabras que no valen nada. Soy adicto a todo aquello que se esfuma. Aquello para lo que no necesitas consuelo. Porque no hay llanto, ni lamentaciones. Solo sudor. Palpitaciones. Taquicardias que no aceleran el ritmo cardíaco. ¿Cómo puedo explicarlo? Me enganché a los mensajes que nadie lee, porque ya has leído miles como ese. A las distancias que no son distancias. Porque estando cerca o estando lejos, sigue dando igual. Me enganché a no dejar el tiempo correr. O a dejarlo ir tan rápido, que no nos dé tiempo a nada. Que la próxima vez que te vuelva a ver, solo recuerde que eres el tipo que se corrió como corre el tiempo.

Hace tanto que me prometí que dejaría atrás todo esto. Pero aquí sigo, sin entender qué hay de malo en ser adicto.

Por Rodrigo Reynolds.

Siempre, siempre.

 

Deberías volverte a marchar.

Y,esta vez, no volver.

¿Por qué?

Por muchas razones.

Porque mis fuegos ya no son cenizas.

Porque siempre, siempre,

tan profundo me miras.

Porque pierdo el aliento

cuando junto a mi precipicio caminas.

Y te hundes, y muero.

Pero renazco en cada gemido

que revienta mi tímpano.

Porque juegas, y me apuñalas.

Porque siempre, siempre,

lo haces a escondidas.

Tú me flagelas.

Yo ofrezco mi espalda.

Y hoy, te daría mi vida.

Porque siempre, siempre,

tan profundo me miras.

Por Rodrigo Reynolds.

Consuelo de tu amor

 

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Fotografía por Hada Torrijos

 

Esto ya no es un juego en solitario.

Es mi vida la de otros, la de

otros no es la mía.

 

Frustraciones, aventuras, miedos

y desdichas. No es mi vida es la

suya.

 

Yo os he creado, seres del

delirio. Ya basta. No será mi vida,

pero aún me queda voz.

 

Es mi vida un barco sin rumbo,

sin sirena ni ilusión.

Yo decido si amo o muero.

 

Es mi barco a la deriva el

consuelo de tus ojos.

¡Arriesga! El solitario ya

está ganado.

 

 

 

Por Hada Torrijos

¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?

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¡Alerta! Tema tabú: ex novios/as. Sí amigos, ha llegado ese momento que todos evitamos y que tanto tememos. Hablar de nuestras relaciones pasadas. Casi todos nosotros habremos pasado por alguna ruptura. Más o menos traumática, pero ruptura al fin y al cabo. Y, ¿de qué depende que una separación duela más o menos? Pues, obviamente, de quién deja a quién. Porque, reconozcámoslo, no existe eso de “lo dejamos de mutuo acuerdo”. Te importaría en mayor o menor medida, echarías mil lágrimas o ninguna, pero siempre hay uno que deja al otro. Siempre. Es así de simple: uno de los dos es el que propone al otro dejar la relación. Esto está completamente ligado a una teoría personal sobre las relaciones sentimentales. Esta reflexión se resume en que, en mi opinión, en toda pareja siempre hay un dominante y un dominado (pudiendo ser esta distinción más o menos evidente).

Bueno, volviendo a los ex. Cualquiera de nosotros tiene algún día de acordarse de aquel chico o chica que tanto le gustó durante un tiempo pasado. En uno de esos días, una amiga me planteó la siguiente cuestión: ella estaba preocupada por cómo debía recordar a su ex novio. Quiero decir, si era mejor recordar las risas y los buenos momentos o, por el contrario, las noches en vela y lo capullo que había sido. Y, pensándolo un poco, vino a mi cabeza una pregunta: ¿aunque una relación haya sido mala debemos quedarnos solo con la parte bonita? Mi respuesta es que no. Si tu ex era un imbécil y tu relación era un virus completamente tóxico pues recuérdalo así. ¿De qué te sirve olvidar todo y estar de risas con él/ella? De nada, la verdad. Así que, hagámonos un favor, llamemos a las cosas por su nombre. A los gilipollas, gilipollas. Y a los ex… Los ex que se vayan por ahí.

Por Rodrigo Reynolds.

Reflejos vacíos

 

Y si por un momento
dejaras de pensar
tanto.

Fluye en el tiempo
que la vida nos está dando.
A mi nadie
me ha esperado nunca,
¿por qué iba a hacerlo yo
ahora?

Y si por un momento
me dejo de tonterías
y borro tu recuerdo
y tu
mirada.

Todavía no quiero pensarlo.
De momento ya no veo
mi reflejo en la taza,
ni el tuyo.
Ahora solo bebo, café.

 

 

Por Hada Torrijos

 

 

Sideral.

 

Creemos que el tiempo,

siempre juega en nuestra contra.

Que es un fuerte adversario

al que debemos derrotar.

No entendemos que nos acompaña,

que nos enseña a caminar.

Que tiene bueno y malo,

pero es nuestro.

De nadie más.

Juntos creamos un todo.

Un todo inmenso y celestial.

Lleno de tropezones y gafas sucias.

Un todo, una nada sideral.

Por Rodrigo Reynolds.

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Fotografía de Mónica Badí Rguez.