No, no me duelen los pies de pisotearte. Porque una vez que ganas la partida, amas regodearte sobre ello. Aún más cuando ha sido una batalla tan difícil como la nuestra. Llena de trampas, astucia y muchas malas intenciones. Buscabas alcanzar mi corazón. Y, he de reconocerlo, casi lo consigues. Pero tu arrogancia, además de ser tu mayor encanto, fue también tu peor enemiga. La que te ha traído hasta aquí.

Pobre desgraciado. Lo tuviste todo. Me tuviste a mí. Y mírate ahora. En calzoncillos, y en la calle. Todo por no saber mantener a tu pajarito quieto. Yo que tú aprovecharía para volver a casa ahora que sigue siendo de noche. Porque como esperes un poco más, se te va a hacer de día, y todo el mundo va a ver lo mismo que veo yo ahora por la mirilla. Un ser penoso.

Eso. Corre, corre. Ya verás que bien lo vas a pasar. Por no hablar de todo aquel que te vea.

Por Rodrigo Reynolds.

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Un comentario en “Hazme caso, corre.

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