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Fotografía de Mónica Badí Rguez.

Tenía unos días libres en el trabajo, así que decidí hacer una limpieza exhaustiva de la casa. Empecé moviendo pequeños muebles, tirando a la basura algunas cosas ya inservibles, etc. Cuando bajé al sótano vi que aún tenía algunas cajas de la mudanza. Hacía casi dos años que me había trasladado a esta casa, pero aquellos paquetes seguían ahí, cerrados e inmóviles. La humedad y el paso del tiempo habían hecho mella en ellos. Pequeños círculos de moho comenzaban a aparecer por las esquinas y las anotaciones rotuladas en el dorso se habían desdibujado casi totalmente.

Pensé que ya era momento de ver que había dentro. Subí a la cocina, cogí un cúter y volví al sótano. Me acuclillé junto a la primera caja, rasgué la cinta aislante y la abrí. En ese momento llegó hasta mí un aroma que me rodeó por completo. Roble, canela y un ligero toque de limón. Supe porque esas cajas permanecían aisladas en el sótano. Eran sus cosas. Saqué un jersey de lana y lo abracé contra mi pecho, saboreando aquel olor que tanto me gustaba; por el que tantas noches había llorado.

De repente, algo llamó mi atención. Una esfera de cristal llena de pequeños copos de nieve. La puse sobre mi mano y allí estaba, minúscula y perfecta. Tallada a medida. Nuestra casa. Ese rústico rincón que significaba el proyecto de una vida juntos ahora me miraba inmóvil desde la palma de mi mano. Recuerdo cuando me la regaló: la noche antes de trasladarnos. Era uno de esos detalles que tanto le gustaban. Además de otra pieza que añadir a su colección. Dijo que, sin duda, aquella era la bola de nieve más especial de todos. Porque era nuestra, al igual que aquella casa. Enorme y llena de luz. Una luz que ahora, al recordarla, gritaba ausencia y desesperación. ¡Cuántas veces deseé no haber pisado aquel lugar! Y cuantas veces, todavía hoy, oigo tu risa rebotando por los rincones. Inundando mi pecho. Acariciando mis manos. ¡Maldito tiempo! Que dicen que todo lo cura… Si es así, ¿por qué me despierto cada noche viendo tu cara? Tus ojos, vacíos. Con la mirada perdida en el horizonte. Un horizonte tan negro, tan oscuro que sigue apoderándose de todo.

Por Rodrigo Reynolds.

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2 comentarios en “Inmóvil.

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