Los segundos, los minutos, y la furia.

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Fotografía de Rodrigo Reynolds.

 

Te vestiste de furia, y me despreciaste.

Gritando. Lamentando haberme conocido.

Gritabas y maldecías.

Maldecías y llorabas.

Llorabas tan profundo,

que el reloj nos observaba.

Atónito. Vomitando segundos.

Segundos que habíamos compartido.

Y que tú, ahora, lamentabas.

Lamentabas haberme conocido.

Porque yo te conocía más que nadie.

Me mirabas. Te miraba.

Y no solo el tiempo, el mundo se paraba.

Y los segundos, los minutos y la furia,

todo terminaba.

Pero tú, ahora, solo gritabas. Y yo,

me vestí de angustia, y escuché.

Tú. Yo. Y tantos gritos en la nada.

Por Rodrigo Reynolds.

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Hazme caso, corre.

 

No, no me duelen los pies de pisotearte. Porque una vez que ganas la partida, amas regodearte sobre ello. Aún más cuando ha sido una batalla tan difícil como la nuestra. Llena de trampas, astucia y muchas malas intenciones. Buscabas alcanzar mi corazón. Y, he de reconocerlo, casi lo consigues. Pero tu arrogancia, además de ser tu mayor encanto, fue también tu peor enemiga. La que te ha traído hasta aquí.

Pobre desgraciado. Lo tuviste todo. Me tuviste a mí. Y mírate ahora. En calzoncillos, y en la calle. Todo por no saber mantener a tu pajarito quieto. Yo que tú aprovecharía para volver a casa ahora que sigue siendo de noche. Porque como esperes un poco más, se te va a hacer de día, y todo el mundo va a ver lo mismo que veo yo ahora por la mirilla. Un ser penoso.

Eso. Corre, corre. Ya verás que bien lo vas a pasar. Por no hablar de todo aquel que te vea.

Por Rodrigo Reynolds.

When I found love again

 

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Fotografía de Hada Torrijos

¿En qué momento pasó?
No lo recuerdo.
¿En qué momento pasé del yo al tú?
No lo sé…

¿En qué momento me perdí
por recorrer tu cuerpo…?
Todo es tan incierto.

Cuando me canse de buscar,
Cuando recuerde el sufrir del tiempo,
miraré en el bolsillo,
por si todavía queda algo.

 

Cuando la vida me diga
que ya está, que no
hay vuelta atrás…

No sé en qué momento…

Lo único que sé es que
tenía nombre de mujer y sus ojos
me dijeron ven.

 

Por Hada Torrijos

Romanticismo: ¿realidad o ficción?

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El romanticismo, que palabra tan bonita y tan hermosa pensamos todos. Pero la realidad es que cada día suena más a aquella cosa medieval propia de Romeo y Julieta que se hundió junto con el Titanic. Reconozcámoslo, en estos tiempos que corren, ¿cuántas veces nos paramos a pensar en el romanticismo? Quiero decir, ¿es incompatible tener vida ajetreada con ser romántico? Las personas no paramos de hacer cosas durante el día. Universidad, trabajo, familia, amigos, etc. En definitiva, que estamos siempre corriendo de arriba para abajo. Sin tiempo para nada, ni para nadie.

Y hablando claro, cuando estamos solteros esto del romanticismo nos la trae al fresco. Pero cuando estamos en pareja la cosa cambia. ¿Qué pasa con la magia o con la chispa? ¿De verdad existen y debemos cuidarlas, o son inventos de Disney? Porque, sinceramente, a todos nos gusta que nuestra pareja tenga un detalle de vez en cuando. Una sorpresa el día que menos te lo esperas. Sin embargo, sinceramente os digo también, esto abunda cada día menos. No hablo de San Valentín ni cosas de esas. Yo me refiero a cosas tan tontas como… no sé, comprarle un cactus a tu pareja porque sí, porque te apetece. Y bueno, digo comprar un cactus, como plantarte una noche por sorpresa en casa de tu amado/a con la cena del chino que tanto os gusta. Tonterías que a todos nos gustan, pero que muy pocos hacemos.

Bueno, muchos me diréis “es que yo tengo mucho trabajo”, “yo estoy muy agobiado con mis exámenes” y demás excusas. A todos esos, yo les pregunto: ¿dónde quedaron esos días en los que la vida era lenta y placentera? Esos tiempos donde una caricia o una sonrisa paraban todo el mundo a tu alrededor. En conclusión, ¿qué ha sido del romanticismo? ¿Sigue entre nosotros o alguien se lo llevó a una cuenta en Suiza?

Por Rodrigo Reynolds.

Y no tiene fin.

 

Grito, abatido.

Me ataste tan fuerte.

Tan fuerte que ni el tiempo,

maldito embustero,

me ayuda a liberarme.

Porque hoy te veo.

Fuerte, denso.

Como aquel mal recuerdo.

Un tormento.

Que no tiene fin.

Que me ata cada noche.

Y tú, no vienes a liberarme.

Estás aquí, quieto.

Como aquel tormento,

que no tiene fin.

Por Rodrigo Reynolds.

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Inmóvil.

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Fotografía de Mónica Badí Rguez.

Tenía unos días libres en el trabajo, así que decidí hacer una limpieza exhaustiva de la casa. Empecé moviendo pequeños muebles, tirando a la basura algunas cosas ya inservibles, etc. Cuando bajé al sótano vi que aún tenía algunas cajas de la mudanza. Hacía casi dos años que me había trasladado a esta casa, pero aquellos paquetes seguían ahí, cerrados e inmóviles. La humedad y el paso del tiempo habían hecho mella en ellos. Pequeños círculos de moho comenzaban a aparecer por las esquinas y las anotaciones rotuladas en el dorso se habían desdibujado casi totalmente.

Pensé que ya era momento de ver que había dentro. Subí a la cocina, cogí un cúter y volví al sótano. Me acuclillé junto a la primera caja, rasgué la cinta aislante y la abrí. En ese momento llegó hasta mí un aroma que me rodeó por completo. Roble, canela y un ligero toque de limón. Supe porque esas cajas permanecían aisladas en el sótano. Eran sus cosas. Saqué un jersey de lana y lo abracé contra mi pecho, saboreando aquel olor que tanto me gustaba; por el que tantas noches había llorado.

De repente, algo llamó mi atención. Una esfera de cristal llena de pequeños copos de nieve. La puse sobre mi mano y allí estaba, minúscula y perfecta. Tallada a medida. Nuestra casa. Ese rústico rincón que significaba el proyecto de una vida juntos ahora me miraba inmóvil desde la palma de mi mano. Recuerdo cuando me la regaló: la noche antes de trasladarnos. Era uno de esos detalles que tanto le gustaban. Además de otra pieza que añadir a su colección. Dijo que, sin duda, aquella era la bola de nieve más especial de todos. Porque era nuestra, al igual que aquella casa. Enorme y llena de luz. Una luz que ahora, al recordarla, gritaba ausencia y desesperación. ¡Cuántas veces deseé no haber pisado aquel lugar! Y cuantas veces, todavía hoy, oigo tu risa rebotando por los rincones. Inundando mi pecho. Acariciando mis manos. ¡Maldito tiempo! Que dicen que todo lo cura… Si es así, ¿por qué me despierto cada noche viendo tu cara? Tus ojos, vacíos. Con la mirada perdida en el horizonte. Un horizonte tan negro, tan oscuro que sigue apoderándose de todo.

Por Rodrigo Reynolds.

Ojos verdes

 

 

Una mirada vale, siempre, más que mil palabras.

Cómo me gustaría. Sí. Cómo me gustaría volver a rendirme ante tus ojos verdes y que me atraparan para no dejarme salir de ti.
Los sigo buscando… por la calle, en el metro, en el parque e incluso en algunos amigos a los que les desearía que fueras tú. Que estuvieras conmigo en todas partes, que me acompañaras en el viaje. Siempre al lado, siempre firme.
Pero no encuentro esos ojos en ninguna parte, solo en sueños logro ver algo de ese color lorquiano, intenso. Recuerdo cuando, sin hablar, me decías ven. Bastaba con mirarme.
Hoy he cogido un espejo y me he mirado, porque de tanto pensarlo, soñé que tenía tus ojos. Dejé el espejo y me lavé la cara con agua bien fría: solo hallé negrura en mis ojos, aunque es cierto que brillaban.
Cómo me gustaría sucumbir de nuevo a tu mirada, siempre maliciosa, que me envenenaba sin necesidad de palabras. Quiero volver a ellos y perderme otra vez, porque en ese caos también había orden: verde.
Cómo me gustaría mirarlos por última vez para que mi memoria contenga hasta su último pigmento, para que ya no sean solo sueños. Para que de nuevo estemos ojo con ojo, verde con negro.

Por Hada Torrijos

Retorcerse. Asco.

 

Hacía tiempo que había olvidado mis sentimientos. Bueno, más bien, los había ahogado en alcohol. Pero ni la ginebra barata podía combatir contigo. Fue verte y sentir cómo todo mi cuerpo se retorcía de dolor. Oí a mi corazón atragantarse solo por sentirte cerca.

Mientras, tú, impasible. Acercándote, sonriendo, y guiñando un ojo. Aquel maldito ritual que siempre acababa conmigo buscando mi ropa y mi dignidad por tu habitación. Pero esta vez, cuando me tocaste, sentí que algo había cambiado. Un resorte, casi imperceptible. Una arcada.

Del amor al asco, solo hay un paso.

Por Rodrigo Reynolds.

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Déjate de historias

 

 

Te voy a ser sincera,
no voy a contarte más historias.
Pero si quieres, escríbelas, porque
solo quedará eso después de que
me oigas.

No te quiero convencer,
solo decirte que el amor duele.
No lo voy a gritar, ya lo sabes.
Lo has sentido, ¿verdad?

Sería mejor que no existiera, porque sufrir, ¿a quién le gusta?
Hay gente a la que sí, a ti, que me lees, fijo que sí.

Puedes hacer volar cometas,
cerrar los ojos para imaginar,
soñar con lo que quieras, e incluso,
dejarte llevar.
Pero vas a sufrir, déjate de historias.

Sinceramente, estamos solos.
Por si acaso y como único consejo
que traen te estos versos:
Yo que tú me amaría.

 

Captura

Por Hada Torrijos