Apretaba una y otra vez, nerviosa, el botón de llamada del ascensor. Desprendía una sensación de desasosiego combinada con una desgana que se reflejaba en su posición corporal. Algo encorvada, con los hombros caídos, golpeaba el suelo con el ancho tacón de sus zapatos de ante negro. Vestía ese traje dos piezas que siempre usaba para ocasiones como aquella entrevista de trabajo. Era ese anticuado atuendo y su pelo sin volumen lo que le confería ese aire de persona aburrida. Quizá no la describiría como aburrida, pero sí conformista. El ascensor llegó y ella desapareció en su interior.

Con una mano me despedí ligeramente de la guapa secretaria sentada al otro lado de la cristalera. No había nada de aburrido en ella; con o sin ropa, dentro o fuera de la cama. Con calma descendía los escalones, cuidando de no rozar mis nuevos zapatos italianos. Al llegar al hall del edificio pude verla detenida en la puerta. Como era de esperar, fumaba ansiosa. Todos mis cálculos se cumplían poco a poco. Di media vuelta y salí por la puerta del ala oeste. Arranqué mi flamante BMW y me dirigí firme a mi próximo decorado.

Cruzó el umbral de la puerta, ya con la chaqueta en la mano y el pelo recogido en una coleta, y se encaminó lentamente a mi encuentro. Me apretó la mano con desgana sin poder evitar reparar en el dorado de mis gemelos. Al entrar en la consulta podía notar como admiraba el elegante traje hecho a medida la semana pasada. No pude evitar sonreír cuando dentro de ese desdén que parecía poseerla paró sus ojos sobre el redondo ángulo del final de mi cadera.

Se dejó caer sobre el asiento y empezó a juguetear con un bolígrafo negro, rompiendo el orden y jerarquía cromática que definían aquel mueble.  Respiró aliviada al saber que los resultados de sus pruebas médicas eran completamente normales. Sin embargo, su rostro, como era de esperar, parecía contrariado; hasta que revelé el verdadero propósito de aquella supuesta cita médica. Su inapetente rictus mutó a una alegría levemente contenida mientras accedía a cenar conmigo aquella noche. Tal y como había previsto, el traje, el corte de pelo y los insinuantes pectorales bajo la camisa habían surtido el efecto embaucador deseado.

Abandonó la consulta, despidiéndose desde la puerta con una sonrisa y aquel grácil movimiento de pelo que todas las mujeres hacen para intentar realzar su belleza. Una vez cerrada la puerta pude dar por terminada la representación hasta la hora de la cena. Tanto ajetreo me había provocado un enorme dolor de cabeza. Necesitaba despejar mi mente de esas ideas y organigramas que tan sabiamente había confeccionado. Abrí el último cajón de mi robusto escritorio y extraje una de las carpetas. Desplegué las hojas y me deleité con la pálida y mortuoria belleza de tantas damas que me miraban desde sus fríos lechos; pensando que no había nada más hermoso que cortar un latido y detener una respiración.

Por Rodrigo Reynolds.

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Un comentario en “La Última Figurante.

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