escarlata

La nieve cubría ya toda la colina y penetraba por el enorme hueco que rompía el techo. El frío se apoderaba a cada segundo de aquel enorme caserón victoriano que ahora era su hogar. Las apáticas paredes respiraban un aliento glacial que estremecía el alma. El frío invierno se escondía en los rincones de aquel gélido e intransitable laberinto de madera.

Un fuerte ruido la despertó. Entreabrió los ojos, asustada, y vio que su recién estrenado marido no se encontraba a su lado. Aquella era la imagen de un lecho completamente ausente. Se sentó en el borde de la cama y su larga melena rubia cayó sobre sus hombros bajando hasta la cadera. El brillo de su pajizo cabello parecía apagado por una apremiante penumbra. Decidida a enfrentarse al miedo se puso en pie. Tomó delicadamente un abrigo de la silla del tocador y cubrió su cuerpo con él. Al abrir la puerta de su dormitorio, el brillo de la huidiza luna rompió contra el verde esperanza y el dorado de su abrigo. Los motivos florales finamente bordados reverberaron con el fulgor de aquel destello.

Tímidamente rebasó el umbral de la puerta y avanzó unos pasos hasta las escaleras. Se asomó con prudencia al piso de abajo y pudo ver cómo la nieve cubría el suelo de la entrada. Apoyó aliviada sus manos en la baranda y respiró aliviada. Pero, repentinamente, el mismo ruido que la había despertado explotó contra las trenzas de roble de la escalera. Sobresaltada, pero firme, avanzó por el pasillo. Sus pies descalzos parecían levitar sobre la antigua madera, dejando tras ellos la frágil gasa de su áureo camisón. Sus cortos pasos hacían que se adentrara cada vez más en aquella oscura y fría premonición.

Una extraña sensación recorrió su cuerpo. Paralizada sobre sus desnudos pies no podía sino observar atemorizada aquella perturbadora imagen. Quería correr, huir; pero a la vez se encontraba anclada al piso. Las desgastadas paredes se estremecieron a su vez, temblando aterrorizadas. Un sombrío esqueleto brotaba del suelo. Los lóbregos huesos se rodeaban de una opaca nebulosa que respiraba aquel ser. Sus descarnados brazos arañaban la madera luchando por salir, gritando desesperadamente unas palabras imposibles de entender. Aquel encolerizado estruendo se agravaba más y más a la par que aquella presencia sobresalía de la madera, dejando sobre esta un rastro de espesa sangre que tomaba firmeza tras ella.

“¡Huye! ¡Huye!” resonó en sus oídos. Nerviosamente retrocedió unos pasos y empezó a correr mientras un nudo se apretaba en su garganta. Jadeando dobló la esquina y encaró las escaleras. Movida por la desesperación descendía apresuradamente los escalones, mientras un recio aire hacía volar su refulgente abrigo. El radiante esmeralda se levantaba sobre los escalones dejando tras de sí un brillante chispazo de color. Llegada al final de las escaleras pisó la nieve y una ráfaga de viento golpeó su blanquecino rostro. Aquel revés volvió su mirada hacía la inmensa puerta del caserón.

Con dificultad abrió los descomunales portones, dejando al helado invasor tomar posesión del inquietante palacio. El lechoso vendaval recorrió sus poros y detuvo su huida momentáneamente. Una espesa niebla cubría el ambiente, cegando el avance de sus temerosos pies. Aturdida, miró abajo, y contempló la nieve color escarlata. Se desplomó agotada sobre sus rodillas. Intentando, en vano, despejar su mente. El rojo bermellón de la nieve, que se asemejaba terriblemente a la sangre antes derramada. Aquella angustiosa presencia que le advertía mientras emitía su último grito de desesperación.

“¡Huye! ¡Huye!” Un tormento que volvía a buscarla una vez más. Creía que había conseguido huir. Haber dejado todo atrás. Escapó de aquella maldición familiar que amenazaba con cernirse sobre ella, de aquel calvario que pesaba tanto en su espalda. Pero allí, a miles de kilómetros, volvía a encontrarse con su eterna compañera. Era una presencia que conocía muy bien, que había estado con ella desde pequeña. La muerte, que gritaba encolerizada desde el averno. Pidiéndole que huyera, persiguiéndola tan lejos a su vez.

La duda, tan dentro de su ser. Derramada sobre la nieve rojo carmesí.

Por Rodrigo Reynolds

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