Diario de un náufrago

 

 Basado en el mito de Leandro y Hera

Han pasado seis días y no tengo noticias tuyas. Llevo a la espera de algo que nunca llega más tiempo del que me hubiera gustado. Desde que tu sonrisa no me ilumina, mi barco vuelve a estar varado en la inmensidad de nuestro océano, o del mío, o del tuyo. No sé hacia dónde encaminarlo, no tengo con qué moverlo. Mis fuerzas han volado con un viento que no me era propicio, con un viento que soplaba desdén, indiferencia.

Solo me quedas tú en este asqueroso sitio, solo me quedas tú y a veces creo que no oyes mis gritos.

Enciende la luz de tu faro, porque la niebla no me deja ver. Enciendes las luces de ese amor que sé que un día fue tuyo. Abre las puertas de la torre, deja un hilo sin dedal. Ya no me queda tinta para mandarte ninguna señal. Ya ni me quedan fuerzas para luchar.

Mañana ya habrán pasado siete días. No sé dónde estaré ni si sabré navegar. Solo soy un náufrago que no puede llegar al final del horizonte donde me esperas tú. Porque si no enciendes tu luz, no podré navegar para verte, aunque sea, una vez más.

“Solo amar nos salvará de las injusticias de esta vida”.

Captura

Fotografía y texto de Hada Torrijos

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Entro, y te encuentro. Vacío.

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Fotografía por Andrea RF

De umbral en umbral,

busco unos labios que digan: entra.

De cama en cama,

encuentro un cuerpo que grita: poséeme.

Y entro, te encuentro,

y me pierdo buscando el calor.

Pero es tu olor el que me guía,

el que me enferma de tanta pasión.

Quiero comerme los recuerdos,

mientras te retuerzo y me dejo hacer.

Solo quiero que esta noche,

sean tus besos los que imploren: quédate.

Por Rodrigo Reynolds & Hada Torrijos.

Yo, y mi sangre caliente.

 

— El otro día me dijeron que era algo difícil mantener una relación conmigo. La razón es que parece ser que soy algo intenso o, con otras palabras, que estoy loco. ¡Y no! No estoy loco. Lo que pasa es que me corre sangre por las venas. Sangre caliente. ¡Soy muy latino! Ese es el problema de la gente hoy en día, que más que sangre parece que tienen horchata. La gente no tiene carácter, no se atreve a decir lo que piensa, o a decir una palabra por encima de otra. Y yo, lamentándolo mucho, no me corto un pelo. Tengo carácter. Un carácter de mierda muchas veces, lo reconozco. Pero no puedo hacerle nada, no voy a cambiar de la noche a la mañana. Sí, me enfado, grito, digo palabrotas y si me calientas demasiado pues igual hasta te llevas algún piropo a tu casa. Yo cuando pienso o quiero algo voy a por ello, y me llevo por delante lo que haga falta. No puedo evitarlo, me hierve el culo si me quedo en mi casa sentado sabiendo que hay algo fuera que quiero.  O alguien a quien quiero. Y no por esto soy un loco posesivo automáticamente. ¿Que soy celoso? Sí. Pero no soy obsesivo, ni controlador; lo único que me gusta que me hagan algo de caso. Y bueno, si por todo esto que os he dicho creéis que soy un loco; pues será que realmente tengo algún tipo de trastorno. Lo siento mucho.

Por Rodrigo Reynolds.

Cause you make me feel

 

He borrado los recuerdos de alta mar,
para construir unos nuevos
nadando en nuestras cien vidas.

Llévame lejos, a toda velocidad.
Cógeme, salta conmigo y dime,
dime que me quieres. Quiero respirar
tu cuerpo hasta despertar.

Quiero ser esa mirada que
se esconde tras tu espalda.
Quiero retener tu rostro en
mi mente…

Quiero ser yo y amarte.
Quiero ser tú y que me ames,
que lo hagas sin pensarlo, sintiendo.
Por eso solo quiero dejarme llevar.

Quiero que cuando te busque,
te encuentre. Quiero que me busques,
porque me vas a encontrar.

 

Por Hada Torrijos

La Última Figurante.

 

Apretaba una y otra vez, nerviosa, el botón de llamada del ascensor. Desprendía una sensación de desasosiego combinada con una desgana que se reflejaba en su posición corporal. Algo encorvada, con los hombros caídos, golpeaba el suelo con el ancho tacón de sus zapatos de ante negro. Vestía ese traje dos piezas que siempre usaba para ocasiones como aquella entrevista de trabajo. Era ese anticuado atuendo y su pelo sin volumen lo que le confería ese aire de persona aburrida. Quizá no la describiría como aburrida, pero sí conformista. El ascensor llegó y ella desapareció en su interior.

Con una mano me despedí ligeramente de la guapa secretaria sentada al otro lado de la cristalera. No había nada de aburrido en ella; con o sin ropa, dentro o fuera de la cama. Con calma descendía los escalones, cuidando de no rozar mis nuevos zapatos italianos. Al llegar al hall del edificio pude verla detenida en la puerta. Como era de esperar, fumaba ansiosa. Todos mis cálculos se cumplían poco a poco. Di media vuelta y salí por la puerta del ala oeste. Arranqué mi flamante BMW y me dirigí firme a mi próximo decorado.

Cruzó el umbral de la puerta, ya con la chaqueta en la mano y el pelo recogido en una coleta, y se encaminó lentamente a mi encuentro. Me apretó la mano con desgana sin poder evitar reparar en el dorado de mis gemelos. Al entrar en la consulta podía notar como admiraba el elegante traje hecho a medida la semana pasada. No pude evitar sonreír cuando dentro de ese desdén que parecía poseerla paró sus ojos sobre el redondo ángulo del final de mi cadera.

Se dejó caer sobre el asiento y empezó a juguetear con un bolígrafo negro, rompiendo el orden y jerarquía cromática que definían aquel mueble.  Respiró aliviada al saber que los resultados de sus pruebas médicas eran completamente normales. Sin embargo, su rostro, como era de esperar, parecía contrariado; hasta que revelé el verdadero propósito de aquella supuesta cita médica. Su inapetente rictus mutó a una alegría levemente contenida mientras accedía a cenar conmigo aquella noche. Tal y como había previsto, el traje, el corte de pelo y los insinuantes pectorales bajo la camisa habían surtido el efecto embaucador deseado.

Abandonó la consulta, despidiéndose desde la puerta con una sonrisa y aquel grácil movimiento de pelo que todas las mujeres hacen para intentar realzar su belleza. Una vez cerrada la puerta pude dar por terminada la representación hasta la hora de la cena. Tanto ajetreo me había provocado un enorme dolor de cabeza. Necesitaba despejar mi mente de esas ideas y organigramas que tan sabiamente había confeccionado. Abrí el último cajón de mi robusto escritorio y extraje una de las carpetas. Desplegué las hojas y me deleité con la pálida y mortuoria belleza de tantas damas que me miraban desde sus fríos lechos; pensando que no había nada más hermoso que cortar un latido y detener una respiración.

Por Rodrigo Reynolds.

Medias naranjas, o la naranja entera.

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Después de años buscando a “ese alguien especial”, me doy cuenta de que quizá la “soledad” no sea tan mala. Por soledad me refiero a no encontrar a tu, siempre añorada, media naranja. Pero, ¿si no tienes pareja estás realmente solo? Según mi experiencia, no. Incluso podría decir que estás aún más rodeado de gente que te importa.

¿Por qué nunca asociamos soledad con libertad? Hablo de decidir qué hacer por ti mismo, sin nadie más que tú y una vida por delante. De no tener que dar explicaciones a nadie; de no tener que justificar lo que haces, lo que dices o lo que sientes.  En definitiva, vivir sin ataduras de ningún tipo.

A veces pienso que en lugar de buscar alguien especial, deberíamos buscar lo especial e increíbles que podemos llegar a ser nosotros mismos. Conócete. Conoce a alguien que merezca la pena.  Pero, ante todo, piensa: ¿realmente necesito alguien que me complete?

Hemofobia: Rojo

 

Había llovido mucho, muchísimo. Todo estaba gris y no había luz en la clase. Solo estábamos David, Jorge, María y yo. El resto estaban jugando en el patio del recreo. María iba a contarnos un secreto muy importante para ella, aunque yo intuía lo que era. Le gustaba David. Y no poco. ¿Se puede enamorar alguien con cinco años? Ella lo estaba o al menos eso decía. Cuando dejó de ponerse roja e iba a contar lo que le sucedía, Jorge empezó a tocarse la nariz de manera brusca. Todos le miramos un poco sorprendidos. Estaba más pálido de lo habitual.
Se quitó la mano y la miró, de hecho, la miramos todos. Estaba roja, llena de sangre. Todos reían, menos María que buscó en el bolsillo de su bata un pañuelo y se lo dio. Las gotas rojas y espesas caían rápidas al suelo, un suelo verde ya desgastado. Yo no paraba de mirar a Jorge y al suelo. No me gustaba esa sensación. Rojo, rojo y de fondo risas y más risas. De repente vi cómo David se agachaba llamando la atención del resto.
̶ Ya veréis lo que hago. Atentos.
Se puso a cuatro patas, con las palmas de las manos bien estiradas en el suelo. Nadie entendía nada, yo lo intuía. ¿Lo haría de verdad? Empezó a lamer las gotas de sangre que habían caído de la nariz de Jorge. Se sentía un héroe por hacer aquello. Yo abrí los ojos y el resto solo reía.
̶ ¡Sabe a hierro!

Un escalofrío atravesó todo mi cuerpo. Me paralicé. Solo veía la sangre, roja y espesa. Ahora era un mero rastro, una huella de aquello. David reía orgulloso. Yo no podía moverme, me había paralizado. Ahora ya llovía, yo sudaba y seguramente estaría pálida. Me miraba las manos y las veía rojas. Sudor, rojo, sudor, rojo. Algo dentro de mí subía con velocidad. Ahí seguía el rastro, el vestigio del heroico David. Le miré a los ojos, miré a Jorge y a María. Agaché la cabeza y volví a ver la sangre. Vomité.
La hora del recreo había terminado y todos empezaron a entrar. Yo no paraba de vomitar. La profesora me sacó de ahí en volandas. Cerré los ojos. Rojo.

Por Hada Torrijos

Microausencias

 

Una habitación vacía. Paredes en blanco. Dos figuras. Dos ausencias. Tú. Yo. La nada.


 

Y esperé. Y esperé. Pero fuera, el mundo no esperaba por nadie.


 

Era algo inexplicable, una sensación arrolladora que se llevaba todo consigo. Era un vendaval de emociones y sentimientos. Era algo que te atrapaba por dentro. Era todo, y no era nada.


 

Perdí todo lo que tenía cuando te fuíste. Recuperé todo lo que era yo.


 

Tú, inmóvil. Y yo, loco. Simplemente. Loco.

 

Por Rodrigo Reynolds

Dosis de…

 

Captura
Fotografía de Hada Torrijos

 

Frío y a la vez calor.

El perro que ladra,

la casa vacía y

mi manta que llora cantando

a tu boca.

Mi vello erizado por

un pasado remoto que

yace ahogado en tu cama.

Tu ropa quemada,

la mía ya doblada.

La piedra que arde

mirando la almohada.

Ya por fin…esta hoguera

apagada.

 

 

Por Hada Torrijos