Eran las nueve de la mañana y el sol se colaba con fuerza a través de las rendijas de las persianas. Matías empezaba a moverse entre las sábanas, con pereza. Todos los días la misma rutina. Trabajaba por las tardes, incluidos domingos y días festivos. Vendía palomitas y bebidas en el cine de su barrio. Le gustaba su trabajo porque le apasionaba el cine. Pero esa mañana parecía distinta, tardó más de lo habitual en levantarse y las tostadas se le quemaron. Su torpeza se dejaba notar también en su vestimenta: llevaba un calcetín de cada color. Subió de comprar el pan y la prensa diaria y se sentó a leerla. Sintió un escalofrío cuando el sol dio directamente en su cara. El vello se le erizó. Enfadado cerró de un manotazo el periódico y fue directamente, como un autómata, a su habitación. Abrió el cajón de la comoda y sacó una caja de un color plata vieja. La sostuvo entre sus manos y sonrió con malicia. Abrió la cajita y tomó los prismáticos con cuidado. Se acercó al balcón, sin abrirlo, y, como cada día desde aquella tarde, observó a través de aquellos viejos cristales la ventana del bloque de enfrente. Matías vivía en el piso más alto, desde donde controlaba todo y a todos. Estaba obsesionado con la vecina del bloque de enfrente, la del tercero. Esa mañana tenía las persianas bajadas y ya eran las diez y media. Desde aquella tarde, la vecina de rizos negros ya no madrugaba los domingos. La conocía desde hacía ya muchos años y también a su marido. El barrio era pequeño, todo se sabía y todos se conocían. Aquella tarde se la encontró en su trabajo, a ella y a un hombre calvo. Fueron a la última sesión, a la de las ocho. La verdad es que no reconoció a ese tipo, pensó que no sería del barrio. Miró la hora mientras les servía palomitas y agua. Su marido solía quedarse hasta tarde en el despacho, pensó Matías. No le dio importancia. Quizá un amigo o su cuñado. Era raro pero no le pareció mal. La sorpresa llegó con el final de la película, cuando los espectadores salieron del cine. Entonces les vio, de la mano y dándose un beso delante de él, pero no le vieron porque se agachó tras la barra y fingió estar recogiendo.

Desde aquella tarde, los fines de semana ella no madrugada, no levantaba la persiana. Matías sabía que el marido se iba de viaje los sábados, por motivos de trabajo.

Ya eran las doce y la persiana se levantó. Ahí estaban, el tipo calvo y ella. Matías se enfadó aún más; su intuición no había fallado. Dejó los prismáticos en el borde de la cama y abrió otro de los cajones de la comoda y sacó un folio, un sobre y un bolígrafo. El pulso le temblaba y la palabra inaudito le martilleaba la cabeza. Pero pudo hacerlo. Escribió todo de golpe y sin pensarlo. Las imágenes se le repetían una y otra vez y por fin terminó. Todo acabó. Dobló el folio y lo introdujo en el sobre. Con su saliva selló lo escrito. Lo firmó como “el observador”, se enfundó la chaqueta y salió dando un portazo. Matías cruzó la calle y estrujó la carta contra su pecho suspirando con rabia. Llamó a varios de los timbres y fingió ser un comercial de publicidad. Una vez dentro del portal, introdujo el sobre en el buzón y al salir sonrió maliciosamente.

Matías volvió a su casa, a su habitación y se sentó en la silla. Ya era la hora de comer. Era domingo y sabía que el marido volvía de su viaje sobre esa hora. Cogió sus prismáticos y esperó a que comenzara la película.

Por Hada Torrijos

Anuncios

Un comentario en “El Observador

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s