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Fotografía de Andrea RF

La madrugada estaba cercana, pero la noche parecía más cerrada y fría que nunca. Como una oscura nebulosa solo rota por pequeñas estelas de luz naranja que se abrían paso entre los huecos de la persiana para más tarde encontrarse y explotar unas contra otras. Inundando la habitación donde dos cuerpos desnudos e incandescentes sucumbían a la tentación, a la pasión más básica y placentera que el ser humano puede experimentar. Ajenos a la oscuridad, a la última mirada de una luna que agoniza. Se habían arrancado la ropa, brusca y ferozmente, consumidos por el instinto animal que se acrecentaba en su interior. No existían límites dentro de la carnalidad que ambos creaban con cada segundo que se caía del reloj. El tiempo se contaba por cada caricia, por cada beso, por cada resbalón en la anatomía del otro. Sus lenguas se buscaban, ascendiendo y descendiendo por cada recoveco hasta encontrarse. Sus dedos exploraban aquel paraje, sedoso y árido a la vez; desconocido pero tan familiar. Descubriendo sobresaltos. Dejándose llevar. Provocando sudoraciones. La intensidad aumentaba más y más dentro de esa sofocante red de extremidades entrecruzadas como un amasijo de hierro fundido hasta la extenuación. Giraban y se contorsionaban el uno sobre el otro. Separándose para aproximarse con más fuerza que antes. Se sentían cada vez menos dueños de sí mismos, pero a la vez más ellos que nunca. Eran uno del otro. Luchando en una guerra sin cuartel. Ambos perdían y se ganaban. No había un porqué. Ni argumentos, ni razón. Ni palabras. Sólo alaridos, aullidos y gemidos. Una melodía salpicada por el tenor desenfreno de la madera, que rebotaba lujuriosamente como buscando tumbar las paredes que aprisionaban dicha combustión. La detonación era inminente. Un cuerpo que poseía al otro, que se encadenaba ansioso sin vacilación. Henchidos de placer. Saturados de fulgor. Rebosaban. Buscaban una salida. Colmar hasta el último atisbo de deseo. Fue el fin. Una brillante ráfaga de lechoso amanecer estremeció sus neuronas. Una incontrolable sacudida que cegó sus ojos y electrificó sus columnas vertebrales. Consumidos. Abandonados a la suave brisa que rezumaban sus labios. Y, en el fin, una vez más, uno contra otro. Enfrentados. Ya sin fuerzas. Solo carne.

10:53 AM

Hacía rato que el alba había despuntado. Siempre le habían gustado los amaneceres. Podía pasarse minutos eternos observando cómo cambiaban las luces y cómo un nuevo día parecía florecer de la nada. Pero hacía tiempo que tales idílicos momentos habían comenzado a perder esa inocente capacidad de hacerle soñar.

Aquella mañana era la más brillante que recordaba durante esa lluviosa semana. La blanquecina luz del lejano sol rompía contra los cristales y transpiraba las cortinas. Los destellos de claridad matutina se abrían paso entre las esquinas de su habitación color blanco inmaculado. Rechinaba el fulgor contra los espejos. Y allí, rodeado de luz, alcanzó a ver su reflejo.

Encontró dos cuerpos. El suyo, a medio vestir, sentado en un lado de la cama. Junto a él, una completa desnudez apenas tapada por una esquina del edredón. Pero aquella muestra de desvergüenza no le provocaba nada ya. No había ingenua sonrisa, ni asamblea de sensaciones. Había dos cuerpos, sí. Pero nada que los uniera más allá de aquella cama que parecía impasible a todas las emociones que se podían haber desbordado sobre ella.

Ya no quedaban caricias, ni besos, ni mucho menos arrumacos. Sus manos habían dejado de abrazarse. Sus cuerpos se hallaban infinitamente lejos de ser uno solo. El fuego que supuraban sus poros se había apagado. Ahora unas cenizas gris plomizo enfriaban su oasis. El deseoso incendio había arrasado con todo, pero sobre todo con él. Perdido entre tanta luz, mirando sus manos negras como el carbón. Perseguido por aquella penumbra que sí que quemaba, que rezumaba soledad a cada segundo que se agolpaba en su reloj.

No podía sino mirar su reflejo en el cristal. Y hallar ausencia. Buscar ternura, afecto y piedad. Y solo encontrar desdicha, pena y abatimiento. Sentirse tan minúsculamente miserable al secar sus ojos, y ver en ellos la necesidad de algo más. Una presencia redentora que no llegaba. Un compañero al que enlazarse y comprender que eran uno solo en el viaje.

Miraba a su lado. Sin rastro de ellos, sin rastro de un nosotros. Solo carne.

 

Por Rodrigo Reynolds

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