El abismo se abría ante mi cuando le miraba a los ojos. Tan profundos, tan inmensos. Aquellos ojos llenos de dolor y de ausencia. Una mirada que cautivaba hasta el último rincón de mí ser. Era luz y oscuridad. Ardiente, pero glacial.

El precipicio me buscaba cuando rozaba sus labios. Tan vehementes y apasionados.  Unos labios que silbaban libertad. Y que a la vez gritaban desesperadamente su soledad. Aún recuerdo aquel sabor, tan gratamente amargo.

Me rompí una y mil veces recorriendo su cuerpo. Y la última noche, dije adiós.

 

Por Rodrigo Reynolds

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Fotografía de Mónica Badí Rguez.  

 

 

 

 

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