Tal vez la vida sea.

 

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Fotografía de Rodrigo Reynolds

Tal vez la vida sea una marea

silenciosa.

Pero no puede ser vida

esta muerte que respira

la lejana canción de un eco

que ya no grita sino la pérdida

de la sinfonía más gloriosa anhelada

cada día, y que cada día

llora, hasta verte anochecer.

Porque al hallarte vida

recordando lo que fue,

no puedo más que llorar contigo y

esperar.

Porque no hay día, si la noche

no la alumbra tu despertar.

Por Rodrigo Reynolds

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Abismo

 

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Fotografía de Hada Torrijos

 

Si te quieres ir, vete.
No tardes más, sigue sin pensar.
Deja que la luz lunar te guíe,
aunque suene poético, es lo único
que, cuando te vayas, tendrás.

Vete, pero hazlo rápido.
Deja alguna vela encendida,
por si quieres volver,
cuando ya no puedas más.

No creí ninguna de tus palabras,
eran mentiras envueltas en codicia.
Ignoré tus últimas miradas,
eran flechas en llamas.
No te odio, solo

estoy al borde de un abismo que
yo no he recorrido.
Tan solo suena soledad.

 

Por Hada Torrijos

Basado en Al borde del abismo de Marlango

Correspondencia 2.0

 

Cuánto me duele estar así. Separados. De verdad que no consigo parar de echarte de menos. Pensé que lo conseguiría, que sería fácil. Y ahora veo que no. Lo que más me jode es darme cuenta de que estamos así por mi culpa. Que no paré de hacer cosas hasta alejarte de mí. Hasta tuve la cara de decirte que igual era mejor cortar por lo sano antes de que fuera demasiado tarde.

Ahora me cago en esos límites que nos marqué. En intentar definir lo que éramos. Estábamos genial hasta que llegaron mis alarmas y mis miedos. Podría haberme quedado callado. Respirar, y tranquilizarme. Pero no, quería ser honesto. Y lo que fui es gilipollas. Porque ahora no me quedan ni si quiera esos límites, los sobrepasé todos sin darme cuenta. Me cago en todo, cómo se puede ser tan idiota.

Creo que soy egoísta mandándote estas cartas. Porque aunque no te pida perdón en ellas, en el fondo quiero que me perdones. Vale, estoy siendo egoísta. Otra vez. Otra vez vuelvo a poner la piedra en tu tejado, esperando que tu decisión sea la más acertada. Que sea la que quiero, y espero. Y que si no me gusta, sea tu culpa. Mi subconsciente es un puto egoísta. Parece que no va a dejar de joderme. Intento evitarlo, pero ya sabes que soy profundamente tonto.

Estoy mal, eso es obvio. Pero lo único que me preocupa ahora mismo no es eso. Si yo estoy mal, es porque me lo he buscado. Pero que tú estés mal también, eso sí que no podría perdonármelo. De verdad que nunca quise hacerte daño. También pienso que creerme capaz de hacerte daño es demasiado. No sé. Ya me estoy rayando.

Bueno, otra carta más. No sé si las lees y luego las rompes. Si las tiras a la basura nada más ver mi nombre en ellas. No lo sé.

Sólo espero que estés bien. Y sí, quiero que me perdones y volver a pasar noches bajo tu edredón.

Esperando tu respuesta. Ojalá llegue pronto.

X.

Por Rodrigo Reynolds

Treinta años

 

La memoria es traicionera.
Tú lo sabes, yo lo intuyo.
¿Ya han pasado treinta años?

 

Y después llega tu beso.
Todo se me olvida.
Treinta años y muchos días.
Solo eso.

 

Sin tu presencia, todo es soledad.
¡No me lo preguntes más!
Sí, tengo treinta años.

 

 
Vuelvo al pasado y oigo gritos de locura.
Dicotomías inseguras, fronteras invadidas.
No importa la edad, tenía treinta años y
demasiadas nueces.

 

Por Hada Torrijos

El Observador

 

Eran las nueve de la mañana y el sol se colaba con fuerza a través de las rendijas de las persianas. Matías empezaba a moverse entre las sábanas, con pereza. Todos los días la misma rutina. Trabajaba por las tardes, incluidos domingos y días festivos. Vendía palomitas y bebidas en el cine de su barrio. Le gustaba su trabajo porque le apasionaba el cine. Pero esa mañana parecía distinta, tardó más de lo habitual en levantarse y las tostadas se le quemaron. Su torpeza se dejaba notar también en su vestimenta: llevaba un calcetín de cada color. Subió de comprar el pan y la prensa diaria y se sentó a leerla. Sintió un escalofrío cuando el sol dio directamente en su cara. El vello se le erizó. Enfadado cerró de un manotazo el periódico y fue directamente, como un autómata, a su habitación. Abrió el cajón de la comoda y sacó una caja de un color plata vieja. La sostuvo entre sus manos y sonrió con malicia. Abrió la cajita y tomó los prismáticos con cuidado. Se acercó al balcón, sin abrirlo, y, como cada día desde aquella tarde, observó a través de aquellos viejos cristales la ventana del bloque de enfrente. Matías vivía en el piso más alto, desde donde controlaba todo y a todos. Estaba obsesionado con la vecina del bloque de enfrente, la del tercero. Esa mañana tenía las persianas bajadas y ya eran las diez y media. Desde aquella tarde, la vecina de rizos negros ya no madrugaba los domingos. La conocía desde hacía ya muchos años y también a su marido. El barrio era pequeño, todo se sabía y todos se conocían. Aquella tarde se la encontró en su trabajo, a ella y a un hombre calvo. Fueron a la última sesión, a la de las ocho. La verdad es que no reconoció a ese tipo, pensó que no sería del barrio. Miró la hora mientras les servía palomitas y agua. Su marido solía quedarse hasta tarde en el despacho, pensó Matías. No le dio importancia. Quizá un amigo o su cuñado. Era raro pero no le pareció mal. La sorpresa llegó con el final de la película, cuando los espectadores salieron del cine. Entonces les vio, de la mano y dándose un beso delante de él, pero no le vieron porque se agachó tras la barra y fingió estar recogiendo.

Desde aquella tarde, los fines de semana ella no madrugada, no levantaba la persiana. Matías sabía que el marido se iba de viaje los sábados, por motivos de trabajo.

Ya eran las doce y la persiana se levantó. Ahí estaban, el tipo calvo y ella. Matías se enfadó aún más; su intuición no había fallado. Dejó los prismáticos en el borde de la cama y abrió otro de los cajones de la comoda y sacó un folio, un sobre y un bolígrafo. El pulso le temblaba y la palabra inaudito le martilleaba la cabeza. Pero pudo hacerlo. Escribió todo de golpe y sin pensarlo. Las imágenes se le repetían una y otra vez y por fin terminó. Todo acabó. Dobló el folio y lo introdujo en el sobre. Con su saliva selló lo escrito. Lo firmó como “el observador”, se enfundó la chaqueta y salió dando un portazo. Matías cruzó la calle y estrujó la carta contra su pecho suspirando con rabia. Llamó a varios de los timbres y fingió ser un comercial de publicidad. Una vez dentro del portal, introdujo el sobre en el buzón y al salir sonrió maliciosamente.

Matías volvió a su casa, a su habitación y se sentó en la silla. Ya era la hora de comer. Era domingo y sabía que el marido volvía de su viaje sobre esa hora. Cogió sus prismáticos y esperó a que comenzara la película.

Por Hada Torrijos

10:53 AM

 

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Fotografía de Andrea RF

La madrugada estaba cercana, pero la noche parecía más cerrada y fría que nunca. Como una oscura nebulosa solo rota por pequeñas estelas de luz naranja que se abrían paso entre los huecos de la persiana para más tarde encontrarse y explotar unas contra otras. Inundando la habitación donde dos cuerpos desnudos e incandescentes sucumbían a la tentación, a la pasión más básica y placentera que el ser humano puede experimentar. Ajenos a la oscuridad, a la última mirada de una luna que agoniza. Se habían arrancado la ropa, brusca y ferozmente, consumidos por el instinto animal que se acrecentaba en su interior. No existían límites dentro de la carnalidad que ambos creaban con cada segundo que se caía del reloj. El tiempo se contaba por cada caricia, por cada beso, por cada resbalón en la anatomía del otro. Sus lenguas se buscaban, ascendiendo y descendiendo por cada recoveco hasta encontrarse. Sus dedos exploraban aquel paraje, sedoso y árido a la vez; desconocido pero tan familiar. Descubriendo sobresaltos. Dejándose llevar. Provocando sudoraciones. La intensidad aumentaba más y más dentro de esa sofocante red de extremidades entrecruzadas como un amasijo de hierro fundido hasta la extenuación. Giraban y se contorsionaban el uno sobre el otro. Separándose para aproximarse con más fuerza que antes. Se sentían cada vez menos dueños de sí mismos, pero a la vez más ellos que nunca. Eran uno del otro. Luchando en una guerra sin cuartel. Ambos perdían y se ganaban. No había un porqué. Ni argumentos, ni razón. Ni palabras. Sólo alaridos, aullidos y gemidos. Una melodía salpicada por el tenor desenfreno de la madera, que rebotaba lujuriosamente como buscando tumbar las paredes que aprisionaban dicha combustión. La detonación era inminente. Un cuerpo que poseía al otro, que se encadenaba ansioso sin vacilación. Henchidos de placer. Saturados de fulgor. Rebosaban. Buscaban una salida. Colmar hasta el último atisbo de deseo. Fue el fin. Una brillante ráfaga de lechoso amanecer estremeció sus neuronas. Una incontrolable sacudida que cegó sus ojos y electrificó sus columnas vertebrales. Consumidos. Abandonados a la suave brisa que rezumaban sus labios. Y, en el fin, una vez más, uno contra otro. Enfrentados. Ya sin fuerzas. Solo carne.

10:53 AM

Hacía rato que el alba había despuntado. Siempre le habían gustado los amaneceres. Podía pasarse minutos eternos observando cómo cambiaban las luces y cómo un nuevo día parecía florecer de la nada. Pero hacía tiempo que tales idílicos momentos habían comenzado a perder esa inocente capacidad de hacerle soñar.

Aquella mañana era la más brillante que recordaba durante esa lluviosa semana. La blanquecina luz del lejano sol rompía contra los cristales y transpiraba las cortinas. Los destellos de claridad matutina se abrían paso entre las esquinas de su habitación color blanco inmaculado. Rechinaba el fulgor contra los espejos. Y allí, rodeado de luz, alcanzó a ver su reflejo.

Encontró dos cuerpos. El suyo, a medio vestir, sentado en un lado de la cama. Junto a él, una completa desnudez apenas tapada por una esquina del edredón. Pero aquella muestra de desvergüenza no le provocaba nada ya. No había ingenua sonrisa, ni asamblea de sensaciones. Había dos cuerpos, sí. Pero nada que los uniera más allá de aquella cama que parecía impasible a todas las emociones que se podían haber desbordado sobre ella.

Ya no quedaban caricias, ni besos, ni mucho menos arrumacos. Sus manos habían dejado de abrazarse. Sus cuerpos se hallaban infinitamente lejos de ser uno solo. El fuego que supuraban sus poros se había apagado. Ahora unas cenizas gris plomizo enfriaban su oasis. El deseoso incendio había arrasado con todo, pero sobre todo con él. Perdido entre tanta luz, mirando sus manos negras como el carbón. Perseguido por aquella penumbra que sí que quemaba, que rezumaba soledad a cada segundo que se agolpaba en su reloj.

No podía sino mirar su reflejo en el cristal. Y hallar ausencia. Buscar ternura, afecto y piedad. Y solo encontrar desdicha, pena y abatimiento. Sentirse tan minúsculamente miserable al secar sus ojos, y ver en ellos la necesidad de algo más. Una presencia redentora que no llegaba. Un compañero al que enlazarse y comprender que eran uno solo en el viaje.

Miraba a su lado. Sin rastro de ellos, sin rastro de un nosotros. Solo carne.

 

Por Rodrigo Reynolds

Y silbaban libertad

 

El abismo se abría ante mi cuando le miraba a los ojos. Tan profundos, tan inmensos. Aquellos ojos llenos de dolor y de ausencia. Una mirada que cautivaba hasta el último rincón de mí ser. Era luz y oscuridad. Ardiente, pero glacial.

El precipicio me buscaba cuando rozaba sus labios. Tan vehementes y apasionados.  Unos labios que silbaban libertad. Y que a la vez gritaban desesperadamente su soledad. Aún recuerdo aquel sabor, tan gratamente amargo.

Me rompí una y mil veces recorriendo su cuerpo. Y la última noche, dije adiós.

 

Por Rodrigo Reynolds

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Fotografía de Mónica Badí Rguez.  

 

 

 

 

En Llamas: Cadáver Exquisito

 

Siempre digo que me voy,

y aunque lo repita en voz alta,

mi pecho está anclado a estas paredes.

Siempre te dije que me iría e

infinitamente grité que te odiaba.

 

Juré que un día ya no estaría, que

quemaría hasta nuestro último recuerdo.

¿Adónde han ido tus vanas palabras?

¿Qué fue de esa lealtad que prometías?

Tu rostro ya solo forma parte del ayer.

 

El celeste de tus ojos ya no eriza mi piel.

Ni serán tus pasos los que me digan ven.

Solo mira a tu alrededor, contempla

la oscuridad.

Eso es lo que yo siento cuando te vas.

 

La luna, mi eterna enemiga.

Tu mirada que me dice que ya basta.

Es el momento de empezar,

de sentirme mío una vez más y de

disfrutar de todo lo que la vida me da.

 

Elevo mis ojos al nuevo día.

Siento el nuevo calor recorrer mi cuerpo,

quemando el hastío del recuerdo.

Siempre digo que me voy:

Ave Fénix, arde y renace.

 

Por Rodrigo Reynolds & Hada Torrijos

Correspondencia

 

Hey, sólo pienso en ti

Tú eres como el fuego

 

La noche ha vuelto a caer, aunque hoy su profundidad es menor. Esta noche me parece idónea para contemplar con toda la subjetividad que me sea posible nuestro pasado, que no es sino nuestra narración. Conjunta.

Estoy ante todo lo que hemos vivido como si fuera una espiral. Un oscuro pero luminoso bucle que gira y gira cada vez más rápido, a través del que percibo todas las sonrisas regaladas, las caricias inocentes, los abrazos dados, las lágrimas inesperadas, las muecas, el sufrimiento compartido, la complicidad, las prisas…pero también las pausas. Y los besos. Besos inocentes que como las palabras logran estremecer hasta lo más hondo del ser. Sí, esas palabras clave -y en clave- dedicadas recíprocamente, que retumban día tras día martilleando mi mente. ¿Palabras en vano? ¿Palabras vacías? ¿Palabras llenas de toda la superficialidad de esta vida? Ya nunca lo sabremos. Son, a fin de cuentas, sílabas hiladas que vuelan con el viento sin un rumbo fijo y que inseguras, se aferran a los hechos. Sólo ellos son lo real y lo certero de esto, aunque a veces tampoco. De nada puedo fiarme.

Aunque no hubiera querido, aunque lo hubiera intentado, aunque hubiera luchado, aunque me hubiera resignado, aunque… pese a todos los aunque de este efímero mundo, me hubiera chocado con tus azules escarabeos y ellos no me hubieran librado. Habría vuelto a ser cautivo de su brillante poderío y me hubieran encerrado en lo más alto de la torre de aquella cárcel de amor.

De nuevo la calma, la tranquilidad, la paz y la lucha contra ese asqueroso desasosiego me la ha brindado una gran amistad. Un guía como lo fuera Virgilio para Dante en la Divina Comedia, que de Divina tenía poco, como esta.

Hoy sucumbo al recuerdo, para que después me atrape el sueño. Y descansar.

A Werther: porque entiendo perfectamente tu sufrimiento.

Por Hada Torrijos