Ni “match”, ni “menotch”.

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Cada día conozco más gente que encuentra pareja a través de las nuevas aplicaciones de ligoteo. Es más, creo que últimamente poquísimas personas se han conocido en una discoteca, una cafetería o paseando al perro. No os alarméis, no voy a criticar esa situación ni mucho menos. Cada uno conoce a “su media naranja” como quiere o como puede; además, a estas alturas eso de que conocer a alguien por una red social no es romántico está bastante pasado de moda. Ya sea porque toda nuestra vida parece depender de apps, o porque nos hayamos llevado suficientes chascos al ver al chico o chica de la noche anterior con algo más de luz y un poco más de calma. Sea como fuera, la cuestión es que un alto porcentaje de personas se atreven a crearse un perfil e intentar encontrar a un alguien similar a ellos en medio de esa enorme red de personas y personajes que pululan por el mundo.

¿Cuál es el problema de todo esto? Pues que cuando creamos ese alias online siempre pensamos que será darle a OK y, ¡venga!, a ligar. Todos nos hacemos ilusiones, y sí, a todos nos quedan preciosas. Pero cuando no te comes un rosco o, como se dice en estos casos, no tienes ni un puñetero “match”, todo cambia. Porque sí, amigos, en las apps para encontrar pareja también existe el rechazo y es, en mi opinión, mucho peor que cuando te rechazan en una discoteca. ¿Por qué digo esto? Cuando una tía, o un tío, pasan de ti una noche siempre te queda lo de “él se lo pierde” y, en parte, tienes razón ya que esa persona no sabe absolutamente nada de ti. Sin embargo, en el mundo digital no ocurre tal cosa. La otra persona sabe casi todo sobre ti, por no decir TODO. Conoce tu nombre, tus aficiones, tu cara y tu estilo, a tus amigos… Y aun así, presiona X. He aquí el problema: cuando te expones de esa manera casi sin tapujos y los otros perfiles que flotan en tu móvil no te hacen ni caso, pues te sientes extremadamente patético.

Reflexionando un poco sobre esto, lo que me pregunto es: ¿de verdad vamos a empezar a basar nuestra valía en que alguien presione X o corazón? ¿Qué pasa si no encuentras a una o varias personas compatibles contigo? ¿Automáticamente eres feo, aburrido y debes recluirte en casa y resignarte a no encontrar a nadie? Hacedme caso, no merece la pena deprimirse por algo tan tonto. ¿Sabéis por qué? Porque las curvas, el pelazo, las sonrisas y lo asombrosamente interesante que puedes llegar a ser nunca lo va a poder contar ni un millón de fotos. Por eso, sal y comete el mundo, aunque engordes.

Por Rodrigo Reynolds.

Tu poder, tu poder en mis caderas.

Te colocas detrás, y siento tus latidos en mi oído. Te extiendes, como la pólvora. Y explotan las palabras y me nubla el candor. Rompes las cadenas que nos oprimen y el camino arde. Caen mis barreras, tus sigilos y vuelta a casa. No lo puedo olvidar. Tu poder en mis caderas, y tu dulce dulzura que las hace temblar. Busco la manera, la manera de gritar, de escupir al aire que no lo puedo olvidar. De gritarte que el futuro es tuyo, o mío, o vete tú a saber si ese futuro llegará. Concentrémonos, quedémonos con tu risa. Mientras gritas, grito, ruedas, duermo y vuelta a empezar. Y lo noto, noto como te extiendes. Así, como la pólvora, sin más.

Por Rodrigo Reynolds.

 

Malditas mis ganas de jugar.

 

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Fotografía por Mercedes Mateos

Aquella noche volví a enredarme entre tus piernas. Volví a fundir mis recuerdos en gemidos ahogados contra tu pecho. Volví a esnifar el olor a tequila que emana de tu boca. Bendita perdición la mía, que me vuelve esclavo una y otra vez de ese sabor tan picante que me ata irremediablemente por una noche más. Y, otra vez, la noche que termina con luces blancas que rompen todas las cadenas. Queman los atisbos de deseo y me expulsan del jodido paraíso artificial que me he montado otra vez más. Los silencios me golpean, convirtiéndome en simple marioneta rota de un juego que yo mismo inventé. Malditas mis ganas de jugar a hacerme tuyo mientras tú nunca fuiste mío. Y malditos estos pasos que me alejan, pero que saben perfectamente que volveré arrastrándome. Sediento de tu desprecio, y de tu olor a tequila.

Por Rodrigo Reynolds.

Los polos opuestos, de naranja, y de limón.

 

Hace un rato hablaba con un amigo de lo diferente que es del chico que está conociendo actualmente y claro, mi ágil mente (que un viernes a ciertas horas es ágil pero poco original) recordó el típico dicho de “los polos opuestos se atraen”. Pero, como era de esperar de esa ágil mente, también he caído en que, supuestamente y según los expertos, necesitas tener en cosas en común con tu pareja para que la cosa funcione. Y, por consiguiente, mi pregunta es: ¿dónde está el punto intermedio entre ser polos opuestos y tener cosas en común? O bueno, replanteo la pregunta, ¿ambas cosas son compatibles? Es decir, si somos opuestos para atraernos, lo somos para todo. La otra opción es que haya una lista no escrita de aspectos donde nos pasemos la oposición por donde mejor se nos antoje. Vale, sí, muchos de vosotros pensaréis que desvarío, pero todo lo que estoy contando es cierto.

Pongamos un ejemplo: si nos ceñimos a la regla de que los polos opuestos se atraen entre ellos, una súper pija de las Rozas y un rastafari del 15M deberían atraerse de una manera exagerada, pero muy exagerada. Y, sinceramente, no me imagino a una chica de ese tipo con el ideario de Podemos en el Prada y bebiendo litronas en el parque. ¿Qué quiero decir con todo esto? Pues nada, la verdad. Porque las atracciones son ilógicas, y no vamos a pararnos a pensar de dónde viene el chico o la chica que me gusta, y si sigue o deja de seguir Juego de Tronos (mal ejemplo, seguro que algunos lo tienen en cuenta). Y sí, habrá personas totalmente diferentes que se entiendan a las mil maravillas, pero habrá otras tantas que se tiren de los pelos; pero habrá mucha gente cortada por el mismo patrón que lo haga también. Conclusión: haz lo que te  salga del toto.

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Por Rodrigo Reynolds.

 

Masoquismo sentimental.

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Voy a ser muy claro. Soy masoca. Sí, sí, como suena, con todas sus letras. ¿Qué cómo he llegado a esta conclusión? Pues muy sencillo, me he dado cuenta de que me paso la vida preocupándome por gente que pasa abiertamente de mí. Yo hablo sobre todo en el aspecto sentimental, pero esta teoría también es aplicable al terreno de las amistades. Y también a un sinfín de personas. Seamos todos sinceros (o al menos vamos a intentarlos), ¿cuántos de vosotros os pasáis los días pensando en ese chico o esa chica que ignora tus mensajes? Por esa persona cuyos sentimientos no son recíprocos a los tuyos. O pongamos otro casual, seguro que alguno de vosotros está continuamente rayado por algún amigo que demuestra que es de todo menos eso, un amigo. ¿Estoy en lo cierto? Apuesto a que sí. Pues a eso es a lo que voy, a que nos encanta complicarnos la vida. Nos encanta sufrir; nos pone. Y eso, amigos, se llama masoquismo.

Estoy convencido de que muchos dirán que soy un exagerado, y que lo que nos gusta un drama. Y, ¿sabéis lo que les digo? Que sí, que soy un exagerado y que no hay cosa que me guste más que un drama. Pero yo no lo veo como algo malo, ya que sufro, pues sufro en condiciones. ¡Qué coño! Acabemos ya con esas tonterías de que las penas de verdad se sufren en silencio. ¡Que son penas, no hemorroides! Así que si estoy jodido, lo digo y lo vuelvo a decir las veces que hagan falta. Hasta que se me pase, o hasta que alguien con la autoridad suficiente en mis asuntos me mande callar. Lo que pase primero.

¿Qué quiero decir con todo esto? Lo típico sería decir que ya va siendo hora de dejar de complicarnos la vida, pero no. Porque aunque te diga tal cosa, no va a servir de nada. Porque quien es masoca, es masoca hasta el último día. Y se de lo que hablo. Así que, amigos, seguid haciendo lo que os salga de dentro. Porque eso es lo que realmente importa en esta vida. Que te guste lo que hagas, aunque sea sufrir.

 

Por Rodrigo Reynolds.

 

Damián Buenaventura

 

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−Pero entonces, a ver, vamos a centrarnos. Tú eres amigo de la infancia del muerto, ¿no?

−Sí.

−Vale, hasta ahí vamos bien. La cosa es, ¿por qué el muerto está muerto? Y, lo más importante, ¿por qué intentan matarnos los que mataron al muerto?

−No lo sé.

−¿Cómo puedes no saber por qué unos tíos que han matado a tu amigo también te quieren matar a ti? ¿Me lo quieres explicar?

            Damián Buenaventura era un periodista de poca monta bastante huraño que se ganaba la vida escribiendo articulillos en periódicos locales, esquelas en algunos diarios y algunas cosas más que le daban para poder comer. Toda su vida había sido un completo desastre, lo que resulta paradójico apellidándose buenaventura. Pero un día, por suerte o por desgracia, todo cambió en la vida de Damián. El destino quiso que aquella mañana, mientras paseaba sin rumbo fijo leyendo el periódico, se topara con la noticia de un asesinato perpetrado a escasos metros de donde estaba. Empujado por el poco instinto de periodista que le quedaba, llegó hasta el barrio donde se había producido el crimen y, tras preguntar a algunos vecinos, consiguió dar con la dirección exacta donde había aparecido el cadáver del que hablaba aquella noticia.

Hasta ahí todo normal. Lo extraño viene cuando, al llegar al piso del muerto, ve que la puerta está abierta y la cinta policial rota. Damián se arma de valor y entra sigilosamente. Dentro se encuentra con un hombre revolviendo en los cajones y estanterías del muerto, que al verle se sobresalta y le ruega que no le haga daño. Tras el sobresalto inicial, nuestros dos hombres comienzan a charlar de manera distendida hasta que oyen un par de voces que se acercan. Como era de esperar, nuestros dos protagonistas intentan huir por la ventana. Desgraciadamente, antes de que Damián consiga sacar su preciado culo fuera de aquel piso, es visto por dos hombres tamaño armario empotrado que deciden ir tras ellos. Y así, después de un encuentro casual y una carrerita bastante larga, llegamos a donde estamos ahora. Una fábrica abandonada en la que Damián y su nuevo amigo intentan esconderse de los dos matones y sus respectivos amigos que han venido, obviamente, a darles caza.

Ha anochecido, la lluvia comienza a arreciar cada vez más fuerte y nuestros dos protagonistas siguen encerrados en la vieja fábrica. Fuera, un grupo de cuatro hombres, con pintas de matones de la mafia comienzan a ponerse nerviosos ya que no consiguen dar con Damián y su huidizo amigo. ¿En serio? Un móvil está sonando. La marcha imperial de La Guerra de las Galaxias es la inconfundible melodía del móvil de Damián Buenaventura, que de bienaventurado tiene poco hay que reconocer. Como era de esperar, los cuatro matones echan a correr en busca de aquel mítico politono. Ellos no se molestan en entrar por la ventana como nuestros dos protagonistas, tiran abajo la mugrienta puerta de una patada y entran en el edificio como si de la manada de animales de la película Jumanji se tratara. Pistolas en mano comienzan a revisar las casi derruidas instalaciones de aquella fábrica. Afortunadamente, se pueden apreciar un par de cabezas asomándose por la parte de atrás. Son Damián y su, hasta ahora desconocido, nuevo amigo. Como no se den prisa van a acabar más muertos que el muerto del principio…

¡BANG!

−¿Te han disparado?

−No… sangro porque me apetece. ¡Pues claro que me han disparado, no te jode! Déjame tu cinturón, anda.

−¿Para qué?

−¡Que me lo des y cállate!

−¿Qué estás haciendo?

−Bailar una sardana. ¿A ti qué te parece? ¡Pues un torniquete! Aunque si no muero desangrado, igual muero de tener que oír todas las gilipolleces que preguntas.

−Creo que vienen…

−¡Al contenedor! Ayúdame a subir.

−¡Qué mal huele…!

Por Rodrigo Reynolds.

Suave, muy suave. Parte II.

 

Segundos, minutos, horas. Taxis, autobuses, vagones de metro. Una habitación de hotel diferente. La misma sensación. Una presión insoportable en la cabeza. Atormentada. Llena de preguntas sin respuesta. Recuerdos. Sangre. Mucha sangre. Y ese gesto, impertérrito, volvía a estar ahí.

−Te estaba esperando. ¿Te has deshecho de la ropa?

−Sí.

−Bien hecho. ¿Estás más tranquilo?

−Que te jodan.

Gritó hasta desgañitarse. Apretaba los puños. Jadeaba mientras miraba al suelo. Levantó la mirada. Agarró el espejo clavado sobre la cómoda y lo arrojó contra la pared. Los cristales volaron por toda la habitación. Volvió a gritar. Más fuerte que antes. Volcó el colchón. Rompió las barras de madera del somier. Gritaba. Arrampló con todo el mobiliario del cuarto. Estaba furioso. Sofocado. Sonó la puerta.

−¡Oiga! ¿Se encuentra bien?

Abrió la puerta, exhausto.

−¡Por Dios! Pero, ¿Qué ha pasado aquí? Dios mío…

No hablaba. Solo observaba.

−¿Qué ha pasado aquí? ¿Me oye? Oiga, ¿me está oyendo?

Se abalanzó sobre ella. La sujetó por el cuello estampándola contra la pared. Sus pies no rozaban el suelo. Comenzó a enrojecerse. Los ojos bien abiertos, inyectados en miedo. Su expresión se desdibujaba por momentos. Sin aire. Sin vida. Su cabeza venció hacia delante. La soltó y el cuerpo cayó desplomado sobre la moqueta. Observó a aquella mujer durante unos segundos. El sudor le corría por la frente. Estaba completamente rojo, acalorado. Se quitó la camiseta, la tiró al suelo y fue al baño. Abrió el grifo a la máxima presión y metió debajo de la cabeza.

−Veo que ya no necesitas ayuda.

−¡Déjame en paz! ¡Lárgate! ¡Fuera!

−¿Quieres que me vaya? ¿En serio te crees que eres alguien sin mí? Yo soy lo único que te queda en esta vida. No tienes nada, ni a nadie. Solo a mí. Llevo todos estos años cuidando de ti. Intentando que crezcas, que te conviertas en alguien fuerte. En un hombre. Pero no eres más que un niñato gritón. Un “mierdas”. Eso es lo que eres. ¿Cuánto crees que durarías sin mí? Nada. Acabarías muerto en una esquina a los dos días. Aunque quizás sea eso lo que mereces. Morirte solo. Abandonado. Como el perro que eres, que eras, y que siempre serás. Cabrón desagradecido. ¿Crees que puedes aprovecharte de mí todos estos años y luego dejarme en la estacada cuando te plazca? ¡Pues no! ¡Nunca te librarás de mí!
¿Has oído bien? ¡Nunca!

−Adiós.

Miró atentamente la imagen que aparecía en el espejo. Se parecía a él, pero hacía tiempo que aquella estampa le asqueaba. Le torturaba. Le ahogaba. Pasó una mano por el espejo intentando acariciar el rostro que durante tantos años le había acompañado. Acto seguido, rompió el espejo de un puñetazo y se rajó la yugular.

 

Por Rodrigo Reynolds.

Suave, muy suave. Parte I.

 

Introdujo la tarjeta en la ranura. Luz roja. Volvió a intentarlo. Luz roja de nuevo. Maldita puerta. No entendía esa estúpida manía de los hoteles de sustituir las típicas cerraduras por esas máquinas que rara vez cumplían con su cometido a la primera. Repitió la misma acción por tercera vez. Luz verde, al fin. Accedió a la habitación y cerró la puerta tras de sí. Se detuvo frente a la cama. Ella seguía ahí. Tumbada. Inmóvil. Rodeada de sangre. Cerró los ojos, respiró hondo y entró en el cuarto de baño.

−Mírame. ¡Mírame, joder, mírame!

−¿Qué ocurre?

−¡La has matado! ¿Por qué?

−Querrás decir que la hemos matado.

−¡Yo no quería!

−Demasiado tarde para remordimientos. Recoge la ropa ensangrentada de la bañera, guárdala en una bolsa, cierra tu macuto y vete de aquí. Ahora.

Cogió la bolsa de basura que había en la papelera. Metió dentro la ropa. Estaba húmeda. Volvió al dormitorio. Sacó su maleta del armario, colocó dentro la bolsa de basura y cerró la cremallera. Se puso la chaqueta. Rompió la tarjeta de la habitación por la mitad y abandonó el cuarto. Dejó caer la maleta, reposó su peso contra la puerta e intentó recordar. Ante sus ojos apareció perfectamente clara la imagen del día que se conocieron. Tendría poco más de quince años. Apareció de repente en los servicios del instituto. Le susurró algo al oído. Algo completamente nuevo y extraño para él. Y ese mismo día lo probó nada más llegar a casa. Nunca había sentido atracción por la sangre. Sin embargo, aquel día le parecía tremendamente interesante. Podía oír sus palabras repitiéndose una y otra vez. Suave, muy suave, como un ligero susurro que avanzaba directo hacia su cerebro. Sangre. Cogió una cuchilla de uno de los cajones del lavabo y se hizo un corte en el antebrazo. Observó atento como la sangre empezaba a discurrir. Roja. Muy roja. Y espesa. Los segundos se detenían y discurrían lentos con las gotas de sangre que se deslizaban por el lavabo. Él tenía razón: la sangre era increíble. Algo digno de ver, de vivir, de experimentar. A la mañana siguiente, de vuelta en el instituto, se lo contó. Estaba muy orgulloso. Nunca nadie había estado orgulloso de nada que él hubiera hecho. Le gustaba esa sensación. La sensación de pertenecer a algo secreto que muy poca gente conocía. Una puerta se abrió al fondo del pasillo. Tenía que irse de allí. Rápido. Recogió el macuto del suelo y comenzó a andar.

CONTINUARÁ…

Por Rodrigo Reynolds.

Melancolía de tus noches, y mis versos.

 

Hoy, en presente, te prometo.

Te prometo que buscaré la manera

de compaginar tus noches y mis versos.

De convertirlos en pestañas para

que así puedas convertirlas en deseos.

Deseos que se acaban, y que nunca terminan

porque ya se han vuelto eternos.

Eternos como tu piel, que se convierte en mía.

Tornando mi noche en melancolía.

Melancolía del presente, de la noche,

de las pestañas y los versos.

Melancolía de no ser nadie.

Melancolía de ser eternos.

Por Rodrigo Reynolds.

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Fotografía de Mercedes Mateos.

Ven

 

 

Noches de vino y versos.

Se repite.

Has vuelto y no lo entiendo.

Lo sabes,

que odio no entender tu baile.

Lo sabes, joder, lo sabes.

Es viernes. De nuevo.

Los días y las semanas pasan

impasibles al tiempo.

No importa, me dices.

Y yo me repito que todo es posible,

que solo depende del ritmo del

baile que quizá algún día

empecemos.

Lo sabes. Lo intuyo. Y no quiero.

No busco la duda, ni tampoco mis

miedos.

No busco, solo bebo.

Días de bailes inciertos,

de besos robados en el sendero.

Noches de vino y versos.

Solo eso.

 

 

 

Por Hada Torrijos