Los polos opuestos, de naranja, y de limón.

 

Hace un rato hablaba con un amigo de lo diferente que es del chico que está conociendo actualmente y claro, mi ágil mente (que un viernes a ciertas horas es ágil pero poco original) recordó el típico dicho de “los polos opuestos se atraen”. Pero, como era de esperar de esa ágil mente, también he caído en que, supuestamente y según los expertos, necesitas tener en cosas en común con tu pareja para que la cosa funcione. Y, por consiguiente, mi pregunta es: ¿dónde está el punto intermedio entre ser polos opuestos y tener cosas en común? O bueno, replanteo la pregunta, ¿ambas cosas son compatibles? Es decir, si somos opuestos para atraernos, lo somos para todo. La otra opción es que haya una lista no escrita de aspectos donde nos pasemos la oposición por donde mejor se nos antoje. Vale, sí, muchos de vosotros pensaréis que desvarío, pero todo lo que estoy contando es cierto.

Pongamos un ejemplo: si nos ceñimos a la regla de que los polos opuestos se atraen entre ellos, una súper pija de las Rozas y un rastafari del 15M deberían atraerse de una manera exagerada, pero muy exagerada. Y, sinceramente, no me imagino a una chica de ese tipo con el ideario de Podemos en el Prada y bebiendo litronas en el parque. ¿Qué quiero decir con todo esto? Pues nada, la verdad. Porque las atracciones son ilógicas, y no vamos a pararnos a pensar de dónde viene el chico o la chica que me gusta, y si sigue o deja de seguir Juego de Tronos (mal ejemplo, seguro que algunos lo tienen en cuenta). Y sí, habrá personas totalmente diferentes que se entiendan a las mil maravillas, pero habrá otras tantas que se tiren de los pelos; pero habrá mucha gente cortada por el mismo patrón que lo haga también. Conclusión: haz lo que te  salga del toto.

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Por Rodrigo Reynolds.

 

Masoquismo sentimental.

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Voy a ser muy claro. Soy masoca. Sí, sí, como suena, con todas sus letras. ¿Qué cómo he llegado a esta conclusión? Pues muy sencillo, me he dado cuenta de que me paso la vida preocupándome por gente que pasa abiertamente de mí. Yo hablo sobre todo en el aspecto sentimental, pero esta teoría también es aplicable al terreno de las amistades. Y también a un sinfín de personas. Seamos todos sinceros (o al menos vamos a intentarlos), ¿cuántos de vosotros os pasáis los días pensando en ese chico o esa chica que ignora tus mensajes? Por esa persona cuyos sentimientos no son recíprocos a los tuyos. O pongamos otro casual, seguro que alguno de vosotros está continuamente rayado por algún amigo que demuestra que es de todo menos eso, un amigo. ¿Estoy en lo cierto? Apuesto a que sí. Pues a eso es a lo que voy, a que nos encanta complicarnos la vida. Nos encanta sufrir; nos pone. Y eso, amigos, se llama masoquismo.

Estoy convencido de que muchos dirán que soy un exagerado, y que lo que nos gusta un drama. Y, ¿sabéis lo que les digo? Que sí, que soy un exagerado y que no hay cosa que me guste más que un drama. Pero yo no lo veo como algo malo, ya que sufro, pues sufro en condiciones. ¡Qué coño! Acabemos ya con esas tonterías de que las penas de verdad se sufren en silencio. ¡Que son penas, no hemorroides! Así que si estoy jodido, lo digo y lo vuelvo a decir las veces que hagan falta. Hasta que se me pase, o hasta que alguien con la autoridad suficiente en mis asuntos me mande callar. Lo que pase primero.

¿Qué quiero decir con todo esto? Lo típico sería decir que ya va siendo hora de dejar de complicarnos la vida, pero no. Porque aunque te diga tal cosa, no va a servir de nada. Porque quien es masoca, es masoca hasta el último día. Y se de lo que hablo. Así que, amigos, seguid haciendo lo que os salga de dentro. Porque eso es lo que realmente importa en esta vida. Que te guste lo que hagas, aunque sea sufrir.

 

Por Rodrigo Reynolds.

 

Damián Buenaventura

 

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−Pero entonces, a ver, vamos a centrarnos. Tú eres amigo de la infancia del muerto, ¿no?

−Sí.

−Vale, hasta ahí vamos bien. La cosa es, ¿por qué el muerto está muerto? Y, lo más importante, ¿por qué intentan matarnos los que mataron al muerto?

−No lo sé.

−¿Cómo puedes no saber por qué unos tíos que han matado a tu amigo también te quieren matar a ti? ¿Me lo quieres explicar?

            Damián Buenaventura era un periodista de poca monta bastante huraño que se ganaba la vida escribiendo articulillos en periódicos locales, esquelas en algunos diarios y algunas cosas más que le daban para poder comer. Toda su vida había sido un completo desastre, lo que resulta paradójico apellidándose buenaventura. Pero un día, por suerte o por desgracia, todo cambió en la vida de Damián. El destino quiso que aquella mañana, mientras paseaba sin rumbo fijo leyendo el periódico, se topara con la noticia de un asesinato perpetrado a escasos metros de donde estaba. Empujado por el poco instinto de periodista que le quedaba, llegó hasta el barrio donde se había producido el crimen y, tras preguntar a algunos vecinos, consiguió dar con la dirección exacta donde había aparecido el cadáver del que hablaba aquella noticia.

Hasta ahí todo normal. Lo extraño viene cuando, al llegar al piso del muerto, ve que la puerta está abierta y la cinta policial rota. Damián se arma de valor y entra sigilosamente. Dentro se encuentra con un hombre revolviendo en los cajones y estanterías del muerto, que al verle se sobresalta y le ruega que no le haga daño. Tras el sobresalto inicial, nuestros dos hombres comienzan a charlar de manera distendida hasta que oyen un par de voces que se acercan. Como era de esperar, nuestros dos protagonistas intentan huir por la ventana. Desgraciadamente, antes de que Damián consiga sacar su preciado culo fuera de aquel piso, es visto por dos hombres tamaño armario empotrado que deciden ir tras ellos. Y así, después de un encuentro casual y una carrerita bastante larga, llegamos a donde estamos ahora. Una fábrica abandonada en la que Damián y su nuevo amigo intentan esconderse de los dos matones y sus respectivos amigos que han venido, obviamente, a darles caza.

Ha anochecido, la lluvia comienza a arreciar cada vez más fuerte y nuestros dos protagonistas siguen encerrados en la vieja fábrica. Fuera, un grupo de cuatro hombres, con pintas de matones de la mafia comienzan a ponerse nerviosos ya que no consiguen dar con Damián y su huidizo amigo. ¿En serio? Un móvil está sonando. La marcha imperial de La Guerra de las Galaxias es la inconfundible melodía del móvil de Damián Buenaventura, que de bienaventurado tiene poco hay que reconocer. Como era de esperar, los cuatro matones echan a correr en busca de aquel mítico politono. Ellos no se molestan en entrar por la ventana como nuestros dos protagonistas, tiran abajo la mugrienta puerta de una patada y entran en el edificio como si de la manada de animales de la película Jumanji se tratara. Pistolas en mano comienzan a revisar las casi derruidas instalaciones de aquella fábrica. Afortunadamente, se pueden apreciar un par de cabezas asomándose por la parte de atrás. Son Damián y su, hasta ahora desconocido, nuevo amigo. Como no se den prisa van a acabar más muertos que el muerto del principio…

¡BANG!

−¿Te han disparado?

−No… sangro porque me apetece. ¡Pues claro que me han disparado, no te jode! Déjame tu cinturón, anda.

−¿Para qué?

−¡Que me lo des y cállate!

−¿Qué estás haciendo?

−Bailar una sardana. ¿A ti qué te parece? ¡Pues un torniquete! Aunque si no muero desangrado, igual muero de tener que oír todas las gilipolleces que preguntas.

−Creo que vienen…

−¡Al contenedor! Ayúdame a subir.

−¡Qué mal huele…!

Por Rodrigo Reynolds.

Suave, muy suave. Parte II.

 

Segundos, minutos, horas. Taxis, autobuses, vagones de metro. Una habitación de hotel diferente. La misma sensación. Una presión insoportable en la cabeza. Atormentada. Llena de preguntas sin respuesta. Recuerdos. Sangre. Mucha sangre. Y ese gesto, impertérrito, volvía a estar ahí.

−Te estaba esperando. ¿Te has deshecho de la ropa?

−Sí.

−Bien hecho. ¿Estás más tranquilo?

−Que te jodan.

Gritó hasta desgañitarse. Apretaba los puños. Jadeaba mientras miraba al suelo. Levantó la mirada. Agarró el espejo clavado sobre la cómoda y lo arrojó contra la pared. Los cristales volaron por toda la habitación. Volvió a gritar. Más fuerte que antes. Volcó el colchón. Rompió las barras de madera del somier. Gritaba. Arrampló con todo el mobiliario del cuarto. Estaba furioso. Sofocado. Sonó la puerta.

−¡Oiga! ¿Se encuentra bien?

Abrió la puerta, exhausto.

−¡Por Dios! Pero, ¿Qué ha pasado aquí? Dios mío…

No hablaba. Solo observaba.

−¿Qué ha pasado aquí? ¿Me oye? Oiga, ¿me está oyendo?

Se abalanzó sobre ella. La sujetó por el cuello estampándola contra la pared. Sus pies no rozaban el suelo. Comenzó a enrojecerse. Los ojos bien abiertos, inyectados en miedo. Su expresión se desdibujaba por momentos. Sin aire. Sin vida. Su cabeza venció hacia delante. La soltó y el cuerpo cayó desplomado sobre la moqueta. Observó a aquella mujer durante unos segundos. El sudor le corría por la frente. Estaba completamente rojo, acalorado. Se quitó la camiseta, la tiró al suelo y fue al baño. Abrió el grifo a la máxima presión y metió debajo de la cabeza.

−Veo que ya no necesitas ayuda.

−¡Déjame en paz! ¡Lárgate! ¡Fuera!

−¿Quieres que me vaya? ¿En serio te crees que eres alguien sin mí? Yo soy lo único que te queda en esta vida. No tienes nada, ni a nadie. Solo a mí. Llevo todos estos años cuidando de ti. Intentando que crezcas, que te conviertas en alguien fuerte. En un hombre. Pero no eres más que un niñato gritón. Un “mierdas”. Eso es lo que eres. ¿Cuánto crees que durarías sin mí? Nada. Acabarías muerto en una esquina a los dos días. Aunque quizás sea eso lo que mereces. Morirte solo. Abandonado. Como el perro que eres, que eras, y que siempre serás. Cabrón desagradecido. ¿Crees que puedes aprovecharte de mí todos estos años y luego dejarme en la estacada cuando te plazca? ¡Pues no! ¡Nunca te librarás de mí!
¿Has oído bien? ¡Nunca!

−Adiós.

Miró atentamente la imagen que aparecía en el espejo. Se parecía a él, pero hacía tiempo que aquella estampa le asqueaba. Le torturaba. Le ahogaba. Pasó una mano por el espejo intentando acariciar el rostro que durante tantos años le había acompañado. Acto seguido, rompió el espejo de un puñetazo y se rajó la yugular.

 

Por Rodrigo Reynolds.

Suave, muy suave. Parte I.

 

Introdujo la tarjeta en la ranura. Luz roja. Volvió a intentarlo. Luz roja de nuevo. Maldita puerta. No entendía esa estúpida manía de los hoteles de sustituir las típicas cerraduras por esas máquinas que rara vez cumplían con su cometido a la primera. Repitió la misma acción por tercera vez. Luz verde, al fin. Accedió a la habitación y cerró la puerta tras de sí. Se detuvo frente a la cama. Ella seguía ahí. Tumbada. Inmóvil. Rodeada de sangre. Cerró los ojos, respiró hondo y entró en el cuarto de baño.

−Mírame. ¡Mírame, joder, mírame!

−¿Qué ocurre?

−¡La has matado! ¿Por qué?

−Querrás decir que la hemos matado.

−¡Yo no quería!

−Demasiado tarde para remordimientos. Recoge la ropa ensangrentada de la bañera, guárdala en una bolsa, cierra tu macuto y vete de aquí. Ahora.

Cogió la bolsa de basura que había en la papelera. Metió dentro la ropa. Estaba húmeda. Volvió al dormitorio. Sacó su maleta del armario, colocó dentro la bolsa de basura y cerró la cremallera. Se puso la chaqueta. Rompió la tarjeta de la habitación por la mitad y abandonó el cuarto. Dejó caer la maleta, reposó su peso contra la puerta e intentó recordar. Ante sus ojos apareció perfectamente clara la imagen del día que se conocieron. Tendría poco más de quince años. Apareció de repente en los servicios del instituto. Le susurró algo al oído. Algo completamente nuevo y extraño para él. Y ese mismo día lo probó nada más llegar a casa. Nunca había sentido atracción por la sangre. Sin embargo, aquel día le parecía tremendamente interesante. Podía oír sus palabras repitiéndose una y otra vez. Suave, muy suave, como un ligero susurro que avanzaba directo hacia su cerebro. Sangre. Cogió una cuchilla de uno de los cajones del lavabo y se hizo un corte en el antebrazo. Observó atento como la sangre empezaba a discurrir. Roja. Muy roja. Y espesa. Los segundos se detenían y discurrían lentos con las gotas de sangre que se deslizaban por el lavabo. Él tenía razón: la sangre era increíble. Algo digno de ver, de vivir, de experimentar. A la mañana siguiente, de vuelta en el instituto, se lo contó. Estaba muy orgulloso. Nunca nadie había estado orgulloso de nada que él hubiera hecho. Le gustaba esa sensación. La sensación de pertenecer a algo secreto que muy poca gente conocía. Una puerta se abrió al fondo del pasillo. Tenía que irse de allí. Rápido. Recogió el macuto del suelo y comenzó a andar.

CONTINUARÁ…

Por Rodrigo Reynolds.

Melancolía de tus noches, y mis versos.

 

Hoy, en presente, te prometo.

Te prometo que buscaré la manera

de compaginar tus noches y mis versos.

De convertirlos en pestañas para

que así puedas convertirlas en deseos.

Deseos que se acaban, y que nunca terminan

porque ya se han vuelto eternos.

Eternos como tu piel, que se convierte en mía.

Tornando mi noche en melancolía.

Melancolía del presente, de la noche,

de las pestañas y los versos.

Melancolía de no ser nadie.

Melancolía de ser eternos.

Por Rodrigo Reynolds.

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Fotografía de Mercedes Mateos.

Ven

 

 

Noches de vino y versos.

Se repite.

Has vuelto y no lo entiendo.

Lo sabes,

que odio no entender tu baile.

Lo sabes, joder, lo sabes.

Es viernes. De nuevo.

Los días y las semanas pasan

impasibles al tiempo.

No importa, me dices.

Y yo me repito que todo es posible,

que solo depende del ritmo del

baile que quizá algún día

empecemos.

Lo sabes. Lo intuyo. Y no quiero.

No busco la duda, ni tampoco mis

miedos.

No busco, solo bebo.

Días de bailes inciertos,

de besos robados en el sendero.

Noches de vino y versos.

Solo eso.

 

 

 

Por Hada Torrijos

Crónica de una muerte inesperada. Parte II.

 

Crónica de una muerte inesperada, por R. Reynolds.

Federico Losantos tenía 46 años. Era un hombre sano, deportista y sin ninguna dolencia reconocida. Sus últimos días se desarrollaron con total normalidad. Por eso mismo, todo el mundo se vio sorprendido por su repentina muerte. Sin embargo, Federico sabía perfectamente cómo y porqué había terminado en ese ataúd.

El señor Losantos trabajaba como consejero delegado en la Caja Trevisa. Comenzó a trabajar en esta empresa nada más terminar sus estudios universitarios. Su instinto y buen ojo para los negocios hicieron que destacara entre sus compañeros y ascendiera rápidamente en el escalafón. Artífice de grandes inversiones, compras y fusiones mercantiles, era admirado por todos sus compañeros que, lejos de odiarle, solo tenían buenas palabras para él. Este respetado puesto dentro de la caja de ahorros le permitía gozar de una vida: una enorme casa en uno de los barrios más caros de Madrid, coches de alta gama, ropa de firma, etc., eran algunas de las comodidades de las que gozaba el señor Losantos. Sin olvidarnos de, quizás, el dato más importante de esta larga lista; Federico Losantos era titular de una cuenta millonaria en las Islas Caimán. Para los que no lo sepan, las Caimán son un país cercano a Cuba conocido por ser un paraíso fiscal que, entre otras muchas ventajas, permite la exención total o parcial en pago de impuestos a empresas y ciudadanos no residentes allí. Además, posee estrictas leyes sobre el sector bancario y la protección de datos personales. En definitiva, tras el tupido velo de la perfección, se escondía una pila de asuntos turbios y dinero negro que escandalizarían a cualquiera.

Federico era un hombre muy inteligente. Nadie conocía la existencia de esta cuenta secreta, ni siquiera su amada esposa. El problema llegó cuando un día Marisa, su joven amante, descubrió todo el pastel. Pese al amor que sentía por Federico y lo asustada que estaba, creyó que era su deber destapar la trama de desviación de capitales organizada desde la Caja Trevisa. Esa ética le costó la vida. Acorde al atestado policial, Marisa murió asfixiada con sus propias medias. Dicho informe calificó el suceso como un robo que salió mal. Toda una lástima. Sobre todo para Federico, que no encontró la memoria USB en la que guardaba los documentos que probaban su implicación, y la de otros muchos directivos, en una trama de malversación millonaria. Si la policía encontraba esos papeles, él y sus amigos se pasarían un buen tiempo a la sombra. ¿Dónde podría estar esa maldita memoria USB?

La sorpresa fue terrible cuando se dio cuenta de que Marisa se había tragado el dichoso dispositivo de almacenamiento. Llegado a ese extremo, no tuvo más opción que contarle a los demás directivos implicados la gravedad del asunto. Ante esta revelación, hicieron uso de su poder para conseguir retrasar la autopsia de la joven mientras tramaban un plan totalmente perfecto. Una estrategia en la que no cupieran giros inesperados de última hora. Fue así como Federico Losantos apareció muerto. Al menos eso debía aparentar de cara a la policía y el forense que le examinó. Sin embargo, y aún a riesgo de que les parezca digno de una película de Hollywood, les diré que la realidad era bien diferente. Sí, Federico Losantos murió. Pero solo durante unas horas, las suficientes para ser transportado al anatómico forense donde también descansaba el cadáver de Marisa. Una vez allí dejo que se imaginen lo que ocurrió.

Podrían decir que el plan era perfecto. O, mejor dicho, casi perfecto. Ya que lo que no se imaginaban es que un simple periodista, con la ayuda de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, sería capaz de destapar toda esta sucia trama de corrupción económica y mandar a sus artífices a la cárcel. No hay de qué, señores.

Día 1. Entrevista con el (no) muerto.

−¿Entonces es usted el causante de que me esté pudriendo en esta infecta prisión dejada de la mano de Dios?

−No se confunda, señor Losantos. El único responsable de que esté aquí, es usted mismo. No se pensaría que iba a robar miles y miles de euros, matar a una mujer inocente e irse de rositas, ¿no?

−¡Maldito bastardo! No sabe con quién se las está viendo. Se arrepentirá, se lo aseguro.

−Eso ya lo veremos cuando llegue el momento. Por ahora, yo me voy a la preciosa casa que me compré gracias al dinero que saqué contando su historia. Muchas gracias, Federico.

Por Rodrigo Reynolds.

Crónica de una muerte inesperada. Parte I.

Federico Losantos tenía 46 años. Era un hombre sano, deportista y sin ninguna dolencia reconocida. Sus últimos días se desarrollaron con total normalidad. Por eso mismo, todo el mundo se vio sorprendido por su repentina muerte…

 … Este es el principio del reportaje del que todo el país estuvo hablando durante meses, del que todos los medios de comunicación se hicieron eco. “¿Por qué?”, se preguntarán. Cosas así ocurren todos los días. Sin embargo, esta triste noticia escondía mucho más. Una historia compleja y truculenta donde las haya. ¿Quieren saberlo todo sobre ella? ¿Sí? Entonces no pierdan detalle de lo que voy a narrarles a continuación. Este es el resultado de una ardua investigación que duró semanas, meses. Podría decir, sin lugar a dudas, que fue lo más difícil a lo que me he enfrentado durante toda mi carrera. Como adelanto, solo les diré que Federico sabía perfectamente cómo y porqué había terminado en ese ataúd.

Día 1. Entrevista con la viuda.

−¿Cómo se enteró de la muerte de su marido?

−Por su secretaria. Fue ella quien encontró el cadáver y llamó a la ambulancia. Luego me llamó a mí para que fuera corriendo.

−Según el informe del forense, la causa de la muerte fue un paro cardíaco. No es usual que un hombre de la edad de su esposo, y más siendo deportista como lo era él, sufra un infarto…

Es sorprendente la compostura que muestra la viuda tras haber perdido a su marido hace pocas semanas. Casi se podría decir que le da igual que su marido ya no esté. Quizás sea típico no mostrar pena o abatimiento en estos círculos tan elitistas, o puede que realmente no le importe lo más mínimo el fallecimiento de su cónyuge. Si yo descubrí indagando solo un poco que el hombre en cuestión tenía una amante, ¿por qué ella no podría saberlo también?

Día 2. Entrevista con la secretaria.

−Según la esposa del señor Federico Losantos fue usted quien la llamó para comunicarle la muerte de su esposo. ¿Esto es así?

−Sí. Justo después de llamar al 112, la llamé para decirle que había encontrado al señor Federico en el suelo de su despacho.

−¿La notó afectada por teléfono?

−La noticia la pilló por sorpresa, como a todos. Pero, sinceramente, tampoco podría decirle que la noté triste o angustiada. Simplemente sorprendida.

La ayudante del fallecido sí que se muestra compungida por la terrible noticia. Según me ha contado, llevaba más de veinte años trabajando en la Caja Trevisa. Casi quince de esos años como secretaria del señor Losantos. Me describe a un hombre amable, cordial y extremadamente generoso. “El jefe que cualquiera podría desear”, según sus propias palabras. Tal y como era de esperar, dice no saber nada sobre ninguna amante o demás asuntos personales del fallecido. Sinceramente, no hay quien se la crea. Después de veinte años en esa empresa tiene que conocer todos los tejemanejes de todos y cada uno de los empleados.

Día 5. Entrevista con la (supuesta) amante.

Tras un par de días de averiguaciones, he conseguido hacerme con la dirección de la supuesta amante del fallecido. Una vez allí, he descubierto algo más impactante de lo que podría haberme contado ella. Después de unos minutos llamando a la puerta, el vecino de al lado ha salido al rellano y me ha dicho que la mujer que vivía en ese piso fue encontrada muerta hace tres semanas. Dos días antes de Federico Losantos. He hecho un par de llamadas y, según la versión policial, se trata de un robo que salió mal. En resumen, dos personas que, supuestamente, eran pareja mueren con dos días de diferencia. ¿Casualidad? No lo creo.

Continuará…

Por Rodrigo Reynolds.

Por favor.

Las palabras más dulces suelen ser las que guardan un mayor significado. Y no siempre termina siendo un significado positivo. Yo, al igual que todos, me he equivocado una y mil veces. Deposité mi confianza en gente que acabó demostrando no ser digno de ella. Pero eso no me volvió inseguro o débil; todo lo contrario, hizo que me volviera fuerte. Y, lo más importante, me enseñó a distinguir quiénes merecían la pena de aquellos que me harían daño una vez más. Estoy convencido de que hay alguien que al leer esto sabrá que hablo de él. La respuesta es sí, aún me acuerdo de ti.

Y te recuerdo. Cada momento. Inundando mi vida. Separando mis piernas. Y atravesándome. Dejándome sin respiración. Tocándome. Matándome. Dándome la resurrección. Gimiendo. Explotando en mi cabeza. Partículas. Partículas de sal. De mar. De carne. Tu carne. La mía. Retorciéndose. Haciéndose una. Tan fuerte. Tan libre. Y encadenada. Encadenada al placer. Que escapaba de tus labios. Me recorre. Te humedeces. Y vuelves a matarme. Sin piedad. Compasivo. Mis manos apretándote. Rogando. Sigue. Para, por favor. Haciéndome tuyo. Tan tuyo. Tan mío. Tan aberrante. Jadeante. Extenuante. Para. Sigue. Por favor.

Pero las plegarias no estaban hechas para tus oídos. Ni mis palabras eran capaces de decirte que pararas. Que si me querías tanto como decías, dejaras de hacerme daño. De enfrentar tus ojos con los míos en batallas que desde el principio ambos sabíamos quién ganaría. Porque a mí me enseñaron a entregarme sin condiciones. Tanto fue así, que te di todo y tú lo arrastrarte por el suelo. Pisoteabas el orgullo del más débil para así reafirmarte como amo y señor de todos aquellos que pisabas. Sin embargo, a ti no te enseñaron que el que juega con fuego, se quema. Y lo nuestro era tan ardiente que, un buen día, todo acabó saltando por los aires.

El aire de nuestros gritos. Enfrentados. Ya sin reparos. Con tanto que decir. Que callar. Que escupir. Escupiré sobre tus palabras. Vacías. Podridas. Apestaban. Apestan. Tú mirabas. Yo contestaba. Asombrados. Hacía calor. Era invierno. El infierno. Voces. La tuya. La mía. Un chillido. La cama. Nuestro reflejo. Colérico. Tanto. Todo. Pero nada. Nada nuevo. No lo consigues. Te sorprendo. Vete. Ya. Sal. No vuelvas. Por favor.

Por Rodrigo Reynolds.

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Fotografía de Mónica Badí Rguez.